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sábado, 18 de abril de 2020

Los números del miedo


Estamos en cuarentena por miedo a la catástrofe sanitaria, que puede darse si no hay camas suficientes para atender a los que lo necesiten (nadie quiere ver las fotos de Italia en su país). Por eso, las medidas que se toman dependen de la capacidad de atender enfermos.
La cuarentena impuesta por el gobierno está motivada por la restricción de camas de alta complejidad que impone el sistema de salud.

Decimos de alta complejidad porque los pacientes no críticos pueden recuperarse de la Covid-19 en sus domicilios, si estos cuentan con una infraestructura adecuada.

Vale recordar que los primeros quince días de cuarentena se dictaminaron bajo el supuesto de estar en una fase de Contención, es decir, que pretendía evitar la circulación del virus en el país, ya que todos los casos eran “importados” y no había contagios locales. Si los casos importados finalizaban su periodo de enfermedad sin contagiar a alguien más no habría posibilidad de contagios en el país.

En este momento estamos en una nueva etapa, llamada fase de Mitigación pues desde el 3/3/20 sabemos de al menos un caso de contagio en la comunidad. Y a la fecha hay 2669 casos confirmados por testeo.

Con estos antecedentes se plantea el siguiente ejercicio para tratar de establecer el momento en el que los contagios hagan saturar el sistema de camas disponibles.

Para hacerlo contamos con algunos datos y varios supuestos. Según se establezcan estos supuestos variará el momento en el que el sistema se satura.

Recordemos que al no haber tratamiento para curar la covid-19 ni vacuna disponible contra el virus, la cadena de contagios se detendrá cuando no haya personas susceptibles al contagio que entren en contacto con el virus.

El trabajo se propone para el área de la ciudad de Buenos Aires y alrededores.

Datos:
Habitantes Amba (Área Metropolitana de Buenos Aires) estimado: 13.000.000 (12.800.000 hab. Según censo 2010).
Camas disponibles UTI:  4250 (Hay declaradas 8500, pero el 50% se ocupa para otras patologías). No son las mismas que Asistencia Respiratoria Mecánica (ARM), pero supongamos que las adaptan.
Camas no hospitalarias 18.000. Tecnópolis, etc.

Hipótesis:
Supuesto 1: un 2% de habitantes pueden requerir UTI. Total 260.000
Supuesto 2: cada paciente requiere 15 días de uti, si es así, necesitaríamos 61 ciclos de giro cama para atender a todos. Eso es 30.5 meses. 2 y ½ años hasta que todos quedemos inmunes (o muertos, si hace falta aclarar). Y eso pensando en un régimen de “cama caliente” donde se ocupa inmediatamente cada cama que se libera, lo que será muy difícil que ocurra.
Supuesto 3: En Excel adjunto se presenta un modelo basado en un R0 de 1.8, es decir, que cada contagiado contagia a 1.8 personas. Y de modo constante.  Para hacer el cálculo de cuántos ciclos de contagio hacen falta para que se saturen las 4250 camas disponibles.
¿Por qué 1.8? Porque es la tasa a la que vienen creciendo los contagios. Ver: https://www.lavoz.com.ar/interactivo/coronavirus-mapa-interactivo-y-evolucion-de-casos-en-argentina-y-cordoba
Supuesto 4: Cada ciclo de contagios sea de 9 días, que aproximadamente es el tiempo que cada contagiado demora en tener una carga viral suficiente para contagiar, tenga o no síntomas.
Con estos supuestos el cálculo da entre 19 y 20 ciclos, es decir, 6 meses.
A la fecha que escribimos esto hay 2669 casos confirmados. Puede tratarse de un número cercano a la realidad ya que se testean los casos que llegan a los centros sanitarios. (Los definidos como sospechosos). Con estos datos podemos deducir que estamos ente los ciclos 12 y 13. De continuar esta progresión de contagios la saturación de camas llegará entre el ciclo 19 y el 20, eso es dentro 2 meses, aproximadamente.

Esta hoja de cálculo de Excel https://1drv.ms/x/s!ArCrIUJK7Bs8zxPLyAZzofcqQgZI?e=OcK7Iz permite realizar el ejercicio variando los supuestos para ajustar el resultado. Por ejemplo variando el R0 por ciclo para saber qué R0/ciclo necesitamos para que nunca se saturen las camas disponibles, y poder pensar medidas que permitan conseguirlos.  Acá hay una simulación que permite analizar el impacto de varias medidas: https://www.youtube.com/watch?time_continue=92&v=gxAaO2rsdIs&feature=emb_logo

Este es el problema que tenemos ante nuestros ojos y nos tiene dentro de nuestros domicilios.
Pero ¿es tratar de postergar el contagio lo único que orienta nuestras vidas?

Probablemente para algunos sí y para otros no. Veamos:

Según datos del Banco Mundial, el PIB de la Argentina es de USD 450.000 millones. Si suponemos que cada día de cuarentena le cuesta al país un 50% de su productividad, cada día de la cuarentena le cuesta al país unos USD 616 millones. En 30 días de cuarentena se habrán perdido USD 18.500 millones, equivalentes a  4% del PIB. Eso considerando sólo el flujo. ¿Cómo calcular la pérdida de riqueza por los días que los comerciantes no pudieron abrir sus negocios, las pymes (responsables de más del  75% de los empleos) sin producir y debiendo pagar salarios e impuestos?¿Cuántos cartoneros no pudieron vender su cartón? Para hacer una simple comparación, al 9/4/20 Estados Unidos había perdido  17 millones de empleos y habían muerto 14.808 personas con Covid-19 . A razón de 1.148 empleos por muerto. ¿Cuántas muertes por otras causas provoca la pérdida de empleo o la pobreza?

En la Argentina había un 35.5% de pobres a fines de 2019 ¿cuántos más habrá hoy?

No hay fotos de empresas cerrando ni de muertos apilados por pérdidas de empleo.

Lo esencial es invisible a los ojos.

17 de abril de 2020.

miércoles, 8 de abril de 2020

Imagine


“Imagine all the people, living for today” John Lennon

La paz solía ser ese periodo que hay entre dos guerras. Desde que la agricultura posibilitó la construcción de sociedades la humanidad han vivido en guerra casi en forma permanente. La escasez de recursos para sobrevivir impulsó a los grupos humanos a obtenerlos por cualquier medio, y la violencia fue acaso el más elegido.
Cada una de las guerras ha ido perfeccionando los sistemas de ataque y defensa. Desde las primeras armas rudimentarias hasta los sofisticados escudos de misiles.
Paradójicamente, la última guerra de la humanidad se resolvió sin disparar un solo tiro. Fue la Guerra Fría. La Unión Soviética sucumbió bajo la presión que el altísimo gasto militar le demandaba a su improductiva economía. Perdió la guerra por sus ideas.
Aún se ven conflictos armados en algunos lugares pero son de pequeña escala y responden más a la excepción que a la regla.
Francis Fukuyama llamó “el fin de la historia” a este fenómeno. Aún se lo sigue criticando por esto. ¿Estaba equivocado en sostener que el capitalismo –genéricamente hablando- había demostrado ser el sistema que mayor bienestar económico ha dado a la humanidad? Seguramente no, pero acaso no pensó que no sólo el bienestar económico es lo que la humanidad persigue.
El capitalismo ha derrotado al hambre y a la escasez, pero no a la envidia y al ansia de poder ni a la codicia desmedida. Está lejos de ser un sistema de vida cuyos valores principales de igualdad ante la ley y la libertad individual sea aceptado por todos. El capitalismo tiene sus enemigos entre los integristas y fundamentalistas, sean estos religiosos, étnicos o conservacionistas del medio ambiente.
Así que la historia no ha terminado, tampoco los conflictos. Y la guerra se realiza por otros medios.
Ya no es posible mantener costosos ejércitos sin dañar seriamente la calidad de vida de las personas, que se han acostumbrado a los altos estándares alcanzados. Entonces, en lugar de grandes conflagraciones los ataques mutaron en acciones terroristas. Pero cada ataque provoca su resiliencia. Los ataques terroristas son trazables, los explosivos tienen precursores y se puede llegar hasta quienes planificaron los ataques. Ante esta reacción alguien pensó que se puede utilizar como un arma, inclusive una muy destructiva, algo que no lo es, por ejemplo un avión. El daño que provoca un arma no diseñada para ese fin es mayor al daño material que produce, junto con este produce una sensación de inseguridad que perdura más tiempo que la explosión y obliga a tomar medidas de defensa muy molestas para la vida cotidiana, porque se torna más difícil identificar al enemigo, cualquier extraño puede serlo. Es el principio del fin de la igualdad ante la ley y la libertad capitalista.
Ahora imaginemos, sólo imaginemos, que alguien fue un poco más allá y decidió utilizar la propia fortaleza de su enemigo para atacarlo: ¿es fuerte económicamente?, destruyamos su economía, ¿es fuerte la cohesión social?, hagamos que se sospeche hasta de la propia familia, ¿confía en sus instituciones?, convirtamos a sus gobiernos en autoritarios, ¿son extendidas y libres sus comunicaciones?, corramos falsos rumores en todas las direcciones, ¿llevan una vida cómoda y previsible? Hagámosles sentir que la muerte está golpeando a su puerta.


¿Cómo hacer semejante cosa? Pues haciendo circular la noticia de que una nueva y contagiosa enfermedad puede provocar muertes masivas y de tan rápida propagación que colapsarían todos los sistemas de salud del mundo, que la única manera de salvarse es dejando de hacer lo que hacía cada uno cada día para esconderse en su casa, que los gobiernos se vean obligados a cerrar fronteras y aeropuertos, empezando por países y terminando en vecindarios, que cualquiera resulte tan sospechoso que deba ser monitoreado cada movimiento que realiza y, allí donde esto no pueda hacerse, sea la policía quien lo detenga, que el gobernante sea el que decide quién puede trabajar y quién no, que aumente los impuestos y deprecie su moneda e intervenga en la actividad económica de cada persona para que nadie más sienta que es dueño de su destino. Y que los daños provocados por todo esto sean duraderos, tanto que la vida ya no sea la misma para todos los que logren sobrevivir a un resfrío más.

Pero esto, ya sabemos, es imposible. Sólo puede ser el producto de dejar volar la imaginación.
Imaginemos, como soñó Lennon, que sólo vivimos el día a día.
Y su sueño se hizo realidad.

domingo, 5 de abril de 2020

La Fatal Displicencia


Hace más de treinta años Friederic Von Hayek escribía La Fatal Arrogancia. Allí criticaba a la razón por su incapacidad para diseñar un sistema ético que permita la convivencia, siendo para él el socialismo el sistema que ejemplificaba dicha pretensión. Dos años antes de esa publicación se había producido el colapso de la planta nuclear de Chernobyl, y pocos años después el de la Unión Soviética, sepultada por sus propias mentiras.
Hoy nos sorprende una crisis de escala mundial producida por la pandemia del coronavirus. Sobran las muestras de norte a sur y de este a oeste de los errores de los gobiernos para contener el fenómeno. Empezando por el ocultamiento de los contagios en Wuhan y finalizando con aglomeraciones en Argentina de grupos de ancianos e indigentes para cobrar unos magros ingresos para sobrevivir, luego de quince días de una dura cuarentena impuesta por el gobierno.
Sería injusto culpar de tales desaguisados a los hombres que circunstancialmente ocupan los cargos más altos de cada administración. ¿Acaso podríamos asegurar que otros no hubiesen cometido los mismos o parecidos errores? ¿Había forma de que no los cometan? ¿Podríamos esperar que aparatos políticos comandados por demagogos tuvieran la humildad de reconocer que no tenían capacidad para enfrentar este problema?
Tampoco los científicos han atinado en respuestas eficaces, cada uno refugiado en la torre de marfil de su especialidad, se han limitado a explicar el fenómeno y a balbucear cuando les son requeridos consejos para enfrentar a los múltiples desafíos a los que nos enfrenta la pandemia.
No es exclusividad de los políticos la fatal arrogancia.
Casi sin excepción se han excusado por su incompetencia diciendo que la pandemia se trata de un Cisne Negro, autoincriminándose por no haber leído más que la tapa del libro de Nicholas Taleb, ya que si lo hubieran hecho habrían aprendido que los cisnes negros son criados en el enorme territorio que queda fuera de lo que cada uno cree que es posible, como si la realidad pudiera caber en nuestras limitadas mentes.
La fatal arrogancia tiene su contracara en una sociedad adormecida, que ha delegado la toma de decisiones cruciales para su vida en los demás y se enfrenta atónita al desengaño. Paralizada por la angustia de la ocasión, no atina a otra cosa que a obedecer irreflexivamente órdenes, porque de esa manera tendrá a quién responsabilizar por el fracaso.
Luego de muchos días de estar sentados contando muertos por el mundo mirando la televisión como si se tratara del medallero de los juegos olímpicos, algunos han comenzado a preocuparse porque su heladera se está vaciando, lo que ya sucedía desde el primer día de la cuarentena en amplios sectores de la población, esos que ni siquiera tienen casa donde quedarse.
Se cree que lo mejor que uno puede hacer es reenviar memes por whatsapp y esperar que el virus se torne inofensivo o que alguien se apure en inventar una vacuna. Mientras se alivian  aplaudiendo un rato al día a los soldados que se supone que salen a combatir a un enemigo invisible, una no muy razonable forma de conjurar el peligro.
Ahora el mundo entero se encuentra en un brete porque no encuentra la manera de salir en el laberinto en el que se ha metido, porque siempre es más fácil equivocarse en manada que tener razón en soledad, una lección que suelen darnos los que se dedican a las finanzas.
Nadie sabe cuándo volverán los días normales, ni siquiera si algún día volverán. Recién ahora nos empezamos a dar cuenta que la única razón para haber dislocado nuestras vidas fue evitar que se vean sobrepasados los servicios sanitarios. Ahora está todo dislocado.
Sería muy inconveniente esperar que nos saquen del problema quienes nos han metido en él.
Hay algo peor que la fatal arrogancia. Es la Fatal Displicencia de haber puesto el destino de nuestra propia vida en los designios de los demás. El virus vino a recordarnos que el mundo no es un lugar seguro. No sabemos qué hacer para resolver el problema, pero tenemos que empezar a intentarlo.

viernes, 3 de abril de 2020

¿Por qué no intentar soluciones de mercado para responder a la pandemia?


Para aquellos que no lo tengan claro, el mercado es el ámbito de intercambio de bienes y servicios voluntarios donde las personas descubren, por medio del sistema de precios, qué cosas necesitan en forma más urgente los demás e intentan satisfacerlas del modo más eficiente.
Los que tienen éxito habrán hecho una gran contribución a aquellos que necesitaban satisfacer sus necesidades del modo más económico posible y reciben a cambio los bienes y servicios que ellos mismos demandan.
¿Qué sucede durante una pandemia? Si es lo suficientemente peligrosa sucede que cambia súbitamente nuestro orden de prioridades. Los bienes y servicios que son demandados con más urgencia son los que preservan nuestra vida.
¿Por qué razón no podría el mercado, tan eficiente para producir y distribuir lo que sea que la gente necesite, satisfacer las nuevas demandas del modo más eficaz?
Es claro que durante una pandemia como sucede durante una catástrofe, la demanda de servicios de salud supera a la oferta disponible en forma súbita. ¿Por qué razón se piensa que el mercado no puede reaccionar con la mayor rapidez posible para satisfacerla? En verdad, no es que no se piense esto, sino que el problema es que quienes puedan acceder a los servicios necesarios en primer lugar serían los que pudieran pagar por ellos, quienes tal vez no tengan un riesgo de vida tan apremiante. Por cierto, esta no sería la situación ideal. Habrá que buscar alternativas.
La primera es dejar funcionar al mercado, esperar que los oferentes desarrollen todo su potencial para atender la nueva necesidad para producir y distribuir lo necesario para todos, lo más rápido posible.
La segunda sería estimular la oferta de bienes monopolizando la compra y la distribución de ellos. ¿Quién sería capaz de monopolizar la compra y la distribución de semejante cantidad de bienes? Obviamente, el estado, quien es el que monopoliza la emisión de dinero puede ser quien compre todo lo necesario, pero necesitará de la red de distribución privada para distribuir. El punto es quién determinará el orden de prioridad y con qué criterios. Siempre esto lo hará un burócrata no entrenado, con criterios poco transparentes.
Por supuesto que en países con gobiernos totalitarios donde los mercados libres no existen están mejor preparadas las maquinarias burocráticas para producir-distribuir-asignar los recursos; nunca sabremos si son justos, en el sentido que tenemos de justicia en occidente, los criterios de asignación.
Descartamos por disparatada una tercera opción que sería que el estado se apropie, aunque más no sea temporariamente, de todos los medios de producción y distribución de los bienes que tan urgentemente se necesitan. El resultado sería potenciar los efectos de la catástrofe.
No es de extrañar que ante un peligro nuevo hayamos apelado a soluciones conocidas. Tomamos la pandemia como una guerra, siendo que son obvias y enormes las diferencias. En una guerra los enemigos se identifican, se puede pensar en una estrategia para combatirlos y, sobre todo, los recursos económicos se disponen prioritariamenta para la causa de la defensa.
En la pandemia el enemigo no se ve y una de las formas de enfrentarlo es frenar una gran parte de la economía, lo que en la práctica resulta en anular gran parte de los anticuerpos necesarios para combatirla, posibilitando la aparición de otras catástrofes tan o más deletéreas que la pandemia, empezando por el hambre.
Están a la vista de todo el mundo los errores que cometen a diario las autoridades políticas de todo pelaje para enfrentar la pandemia. Ningún ser humano sería capaz de no cometer errores dada la complejidad de las acciones que se requieren para enfrentar una situación catastrófica en la escala que la pandemia presenta. En consecuencia, no parece la decisión más inteligente centralizar las decisiones porque se centraliza la ignorancia.
Parece más aceptable que se realicen múltiples ensayos para probar soluciones que lleguen en los tiempos y las formas que cada segmento de la sociedad considere más apropiadas para satisfacer lo mejor posible su necesidad. Eso existe. Se llama mercado.

jueves, 2 de abril de 2020

La única grieta que importa


Cuando una persona se hace adulta, momento que podemos establecer cuando deja la casa materna, pasa a tener que relacionarse dentro de un ámbito mucho más amplio: la sociedad. En ese momento más o menos explícitamente se define en relación a ella; o bien se considera como un engranaje dentro de un mecanismo que lo trasciende, como una hormiga más del hormiguero, o bien reconoce su individualidad y busca proyectarse en la vida de acuerdo a sus preferencias.
Los jóvenes, en sus primeros pasos en la vida adulta, tienden a adoptar posiciones colectivistas, buscan la seguridad del grupo, sustituto del calor familiar. No es un proceso sencillo encontrar la individualidad en la vida y hace falta tiempo para acumular experiencias que permitan construir nuevos puntos de vista.
Una de las relaciones más fuertes que la persona tiene con la sociedad es su relación con el estado. Lo que entienda de esa relación marcará muchos de sus comportamientos sociales.
El estado puede entenderse de dos maneras, mutuamente excluyentes: Es el ordenamiento jurídico de la vida social o es la legalización del crimen.
Quien lo entienda del primer modo aceptará que el gobierno es la autoridad que emerge de la “voluntad popular”, que los sistemas electorales, mejor o peor diseñados ofrecen una garantía de trato igualitario a todos los habitantes y que los impuestos son contribuciones que un individuo hace al conjunto de la sociedad, que serán administrados equitativamente por el gobierno para proveer de bienes públicos a todos.
Por el contrario, quien crea en lo segundo, pensará en que el estado es la forma legal, impuesta por la coerción, para cometer todos los crímenes que los individuos no pueden cometer sin riesgo de ser castigados por la sociedad. El estado puede limitar la libertad de las personas limitando su derecho a expresarse, a consumir las sustancias que desee, a trasladarse por dónde y cuando quiera, a curarse de la manera que le parezca mejor, a comerciar o asociarse con quien le plazca, a contratar con los demás de forma libre, a poner precio a sus bienes o a su trabajo, a educarse como le parezca, y a todas aquellas otras libertades de las que puede gozar sin dañar a terceros. También el estado puede robar, que es justamente lo que hace cuando cobra impuestos –por eso llevan ese nombre-, puede engañar, puede endeudar a generaciones que aún no han nacido, puede confiscar bienes privados. Puede crear privilegios (ley privada) para favorecer a unos en detrimento de otros. Puede mentir u ocultar la verdad sin explicar por qué decide tal o cual cosa. El estado puede matar, sea enviando a las personas a la guerra, sea utilizando la violencia frente a disidentes a cualquiera de sus políticas. Todo esto dentro de los marcos legales.
Esta es la única grieta que importa para entender en qué sociedad vivimos y el marco conceptual para entender las medidas que se toman en tiempos normales o en tiempos de crisis.