El
9 de octubre de 1903, The New York Times bajo
el título “Flying Machines
Which Do Not Fly” publicó una nota que afirmaba que harían falta entre uno
y diez millones de años para que el hombre pudiera volar.
El artículo fue escrito a tras
el fracaso del avión de Samuel Langley, un
intento oficial de lograr vuelo humano, que no despegó y cayó al agua.
Exactamente
69 días después de esta nota, los hermanos Wilbur y Orville Wright lograban
volar durante 12 segundos recorriendo una distancia de 36 metros. En su cuarto intento
lograron extender el vuelo durante 59 segundos y 260 metros.
El
comienzo
Viajemos
al siglo XIX, más concretamente al año 1885 Nuestro protagonista se llama
Wilbur y es el tercer hijo de una familia de siete hermanos. Wilbur tiene 18
años y la vida por delante. Es inteligente, atlético y todo indica que le
espera un futuro brillante como estudiante en la Universidad de Yale. De esos
jóvenes a los que el mundo parece decirles: todo va a ir bien… hasta que deja
de decírselo.
Una
fría tarde de invierno, Wilbur estaba jugando con unos amigos un partido de
hockey sobre hielo. Un plan estupendo, salvo por un pequeño detalle. Uno de sus
rivales estaba bajo los efectos de una medicina que le habían prescrito y que
estaba muy de moda en la época: cocaína. Y aquello terminó con un stick de
hockey estampado en la cara de Wilbur, que perdió varios dientes y algo más.
Hasta
entonces había sido un muchacho fuerte y saludable, pero tras aquel accidente,
aunque las lesiones no parecían demasiado graves, algo se rompió por dentro.
Durante años apenas salió de la cama. Sufría problemas nerviosos, depresión,
palpitaciones constantes. Sus planes de ir a Yale se evaporaron. Por si fuera
poco, su madre estaba gravemente enferma, así que cuando Wilbur lograba
levantarse, lo que encontraba era a su madre muriéndose lentamente frente a él.
Era,
sin duda, la receta perfecta para una vida miserable. Wilbur no hacía ninguna
de las cosas habituales a su edad. No salía con amigos, no asistía a la
universidad, no participaba en la vida social. Su mundo se había reducido a una
habitación, una cama y una mente que no dejaba de girar.
Algunos
empezaban a pensar que había perdido la cabeza. Wilbur tenía una obsesión: los
pájaros. Bueno, no exactamente los pájaros, sino una pregunta aparentemente
absurda, casi infantil.
Si
los pájaros pueden volar, ¿por qué no pueden los humanos?
Y
así comienza una de las historias más fascinantes sobre lo que significa
desafiar los límites de lo posible.
Durante
años, esa pregunta no le dio respuestas, pero sí le dio dirección. Wilbur
comenzó a leer compulsivamente. Estudiaba todo lo que encontraba sobre vuelo,
mecánica, física y anatomía de las aves. No era científico. No tenía
laboratorio. Ni siquiera tenía un plan claro. Tenía algo más poderoso: una
curiosidad que no pedía permiso.
Mientras
intentaba reconstruirse, apareció su hermano menor, Orville. Donde Wilbur era
introspectivo y metódico, Orville era práctico, creativo y optimista. Juntos
formaban una combinación improbable, pero extraordinariamente efectiva.
Los
hermanos montaron primero un pequeño negocio de impresión y luego una tienda de
bicicletas. Aquello parecía alejarse de cualquier sueño aeronáutico, pero en
realidad los acercaba. Entre engranajes, cadenas y sistemas de equilibrio,
estaban aprendiendo principios fundamentales del movimiento sin saberlo.
El
problema de encontrar dónde volar
Cuando
decidieron comenzar los experimentos reales, se enfrentaron a una dificultad
inesperada. Los Wrigth vivían en Dayton, Ohio. Su ciudad natal no servía para
lo que querían hacer. Necesitaban vientos constantes, terrenos amplios y
superficies blandas donde los inevitables accidentes no fueran mortales.
Tras
estudiar mapas meteorológicos, encontraron un pequeño pueblo costero casi
olvidado: Kitty Hawk, en Carolina del Norte, situado a más de 1000 km de su
ciudad.
Llegar
hasta allí era una odisea. Viajes largos, transporte precario, traslado de materiales
pesados y gastos que apenas podían afrontar con el dinero que generaba su
tienda. Cada viaje implicaba arriesgar su estabilidad económica para perseguir
un sueño que casi nadie tomaba en serio.
Pero
fueron igual.
Vivir
en los márgenes del mundo… y del sentido común
La
realidad que encontraron en Kitty Hawk fue más dura de lo esperado. No había
talleres adecuados ni infraestructura. Construyeron refugios improvisados y
muchas veces vivieron en carpas, expuestos al viento constante, la humedad, el
frío nocturno y el aislamiento total.
Las
jornadas eran agotadoras. Arrastraban piezas pesadas por dunas de arena,
armaban planeadores, los probaban, los rompían, los reparaban y volvían a
intentarlo.
Comían
poco, dormían mal y trabajaban sin descanso.
Pero
había algo todavía más difícil: la mirada de los demás.
Los
locos de las dunas
Los
pocos habitantes del lugar los observaban con una mezcla de curiosidad y burla.
Dos hombres que venían de lejos para lanzarse desde las dunas con máquinas que
siempre terminaban destruidas.
Para
muchos, eran excéntricos. Para otros, simplemente locos.
Los
hermanos nunca reaccionaron con enojo ni con vergüenza. Sabían que desde afuera
su proyecto parecía absurdo. Pero también intuían que todas las grandes ideas
parecen absurdas antes de funcionar.
Aprender
a caer para aprender a volar
Cada
intento terminaba con golpes, arena en los ojos, alas rotas y páginas llenas de
anotaciones. Pero cada caída respondía preguntas nuevas.
Descubrieron
algo fundamental: el problema principal del vuelo no era elevarse, sino
mantener el control. Inspirados en cómo las aves inclinaban sus alas,
desarrollaron un sistema para controlar el equilibrio lateral del aparato.
Era
una revolución conceptual. Mientras otros inventores se obsesionaban con construir
motores más potentes, ellos estaban resolviendo el problema del control.
Cuando
el conocimiento aceptado no alcanza
Con
el tiempo, comenzaron a notar que los cálculos aerodinámicos aceptados por la
comunidad científica no coincidían con sus resultados reales. Para dos
mecánicos sin títulos universitarios, cuestionar esos datos parecía una locura.
Así
que hicieron algo extraordinario: construyeron su propio túnel de viento en su
taller. Probaron cientos de formas de alas, midieron fuerzas, registraron
resultados y corrigieron fórmulas que llevaban décadas sin ser cuestionadas.
El
vuelo empezó a dejar de ser un sueño romántico para convertirse en un problema
de ingeniería.
El
obstáculo final
Cuando
dominaron el control del planeador, apareció un nuevo problema. No existía un
motor suficientemente liviano para su aeronave.
Una
vez más, el mundo parecía decirles que debían esperar.
Una
vez más, decidieron no hacerlo.
Diseñaron
y construyeron su propio motor. No era perfecto ni sofisticado. Pero funcionaba.
Y funcionar era suficiente.
El
amanecer que cambió la historia
Después
de años viviendo entre tormentas de arena, carpas improvisadas, burlas y
accidentes, llegó una mañana fría de diciembre. Prepararon su máquina en las
dunas.
No
había multitudes ni periodistas. Solo dos hermanos, viento constante y años de
trabajo silencioso.
La
máquina avanzó, vibró… y se elevó.
Durante
unos segundos, la humanidad voló bajo control humano por primera vez.
Ese
momento no solo transformó el transporte. Transformó la idea de lo posible.
Tenemos
la capacidad de crear mundos, tantos como nuestra mente nos permita. Muchos
mundos son solo fantasias, otros logran convertirse en realidad.
Seguramente
es abrumadora la cantidad de fracasos, fortunas y vidas perdidas frente a los
relativamente pocos éxitos conseguidos.
A
diario tomamos una gran cantidad de decisiones. Las alternativas solo son dos: continuar
o detenerse.
Nadie
es lo suficienentemente sabio como para conocer la respuesta por anticipado.
La
vida es un viaje corto. Vale la pena el intento de aprender a volar.
Notas:
Esta nota está inspirada en este podcast: https://open.spotify.com/episode/0zgnrD1CCTQhOrQWMNHf33?si=94dc90499859499a
La publicación del New York Times la podés encontrar
en este ennlace: https://en.wikisource.org/wiki/The_New_York_Times/1903/10/9/Flying_Machines_Which_Do_Not_Fly?
Además, te recomiendo esta película sobre la búsqueda de la AGI (Inteligencia Artificial General): The Thinking Game, sobre la creación de Deep Mind y su fundador, Demis Hassabis. https://youtu.be/qcKikHepeKI?si=V9U5qQ5sVWffF6XP

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje aquí su comentario. Recuerde que sus opiniones siempre hablarán más de usted que de mí.