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domingo, 15 de febrero de 2026

Animarse a volar

El 9 de octubre de 1903, The New York Times bajo el título Flying Machines Which Do Not Fly” publicó una nota que afirmaba que harían falta entre uno y diez millones de años para que el hombre pudiera volar.

El artículo fue escrito a tras el fracaso del avión de Samuel Langley, un intento oficial de lograr vuelo humano, que no despegó y cayó al agua.

Exactamente 69 días después de esta nota, los hermanos Wilbur y Orville Wright lograban volar durante 12 segundos recorriendo una distancia de 36 metros. En su cuarto intento lograron extender el vuelo durante 59 segundos y 260 metros.

El comienzo

Viajemos al siglo XIX, más concretamente al año 1885 Nuestro protagonista se llama Wilbur y es el tercer hijo de una familia de siete hermanos. Wilbur tiene 18 años y la vida por delante. Es inteligente, atlético y todo indica que le espera un futuro brillante como estudiante en la Universidad de Yale. De esos jóvenes a los que el mundo parece decirles: todo va a ir bien… hasta que deja de decírselo.

Una fría tarde de invierno, Wilbur estaba jugando con unos amigos un partido de hockey sobre hielo. Un plan estupendo, salvo por un pequeño detalle. Uno de sus rivales estaba bajo los efectos de una medicina que le habían prescrito y que estaba muy de moda en la época: cocaína. Y aquello terminó con un stick de hockey estampado en la cara de Wilbur, que perdió varios dientes y algo más.

Hasta entonces había sido un muchacho fuerte y saludable, pero tras aquel accidente, aunque las lesiones no parecían demasiado graves, algo se rompió por dentro. Durante años apenas salió de la cama. Sufría problemas nerviosos, depresión, palpitaciones constantes. Sus planes de ir a Yale se evaporaron. Por si fuera poco, su madre estaba gravemente enferma, así que cuando Wilbur lograba levantarse, lo que encontraba era a su madre muriéndose lentamente frente a él.

Era, sin duda, la receta perfecta para una vida miserable. Wilbur no hacía ninguna de las cosas habituales a su edad. No salía con amigos, no asistía a la universidad, no participaba en la vida social. Su mundo se había reducido a una habitación, una cama y una mente que no dejaba de girar.

Algunos empezaban a pensar que había perdido la cabeza. Wilbur tenía una obsesión: los pájaros. Bueno, no exactamente los pájaros, sino una pregunta aparentemente absurda, casi infantil.

Si los pájaros pueden volar, ¿por qué no pueden los humanos?

Y así comienza una de las historias más fascinantes sobre lo que significa desafiar los límites de lo posible.

Durante años, esa pregunta no le dio respuestas, pero sí le dio dirección. Wilbur comenzó a leer compulsivamente. Estudiaba todo lo que encontraba sobre vuelo, mecánica, física y anatomía de las aves. No era científico. No tenía laboratorio. Ni siquiera tenía un plan claro. Tenía algo más poderoso: una curiosidad que no pedía permiso.

Mientras intentaba reconstruirse, apareció su hermano menor, Orville. Donde Wilbur era introspectivo y metódico, Orville era práctico, creativo y optimista. Juntos formaban una combinación improbable, pero extraordinariamente efectiva.

Los hermanos montaron primero un pequeño negocio de impresión y luego una tienda de bicicletas. Aquello parecía alejarse de cualquier sueño aeronáutico, pero en realidad los acercaba. Entre engranajes, cadenas y sistemas de equilibrio, estaban aprendiendo principios fundamentales del movimiento sin saberlo.

El problema de encontrar dónde volar

Cuando decidieron comenzar los experimentos reales, se enfrentaron a una dificultad inesperada. Los Wrigth vivían en Dayton, Ohio. Su ciudad natal no servía para lo que querían hacer. Necesitaban vientos constantes, terrenos amplios y superficies blandas donde los inevitables accidentes no fueran mortales.

Tras estudiar mapas meteorológicos, encontraron un pequeño pueblo costero casi olvidado: Kitty Hawk, en Carolina del Norte, situado a más de 1000 km de su ciudad.

Llegar hasta allí era una odisea. Viajes largos, transporte precario, traslado de materiales pesados y gastos que apenas podían afrontar con el dinero que generaba su tienda. Cada viaje implicaba arriesgar su estabilidad económica para perseguir un sueño que casi nadie tomaba en serio.

Pero fueron igual.

Vivir en los márgenes del mundo… y del sentido común

La realidad que encontraron en Kitty Hawk fue más dura de lo esperado. No había talleres adecuados ni infraestructura. Construyeron refugios improvisados y muchas veces vivieron en carpas, expuestos al viento constante, la humedad, el frío nocturno y el aislamiento total.

Las jornadas eran agotadoras. Arrastraban piezas pesadas por dunas de arena, armaban planeadores, los probaban, los rompían, los reparaban y volvían a intentarlo.

Comían poco, dormían mal y trabajaban sin descanso.

Pero había algo todavía más difícil: la mirada de los demás.

Los locos de las dunas

Los pocos habitantes del lugar los observaban con una mezcla de curiosidad y burla. Dos hombres que venían de lejos para lanzarse desde las dunas con máquinas que siempre terminaban destruidas.

Para muchos, eran excéntricos. Para otros, simplemente locos.

Los hermanos nunca reaccionaron con enojo ni con vergüenza. Sabían que desde afuera su proyecto parecía absurdo. Pero también intuían que todas las grandes ideas parecen absurdas antes de funcionar.

Aprender a caer para aprender a volar

Cada intento terminaba con golpes, arena en los ojos, alas rotas y páginas llenas de anotaciones. Pero cada caída respondía preguntas nuevas.

Descubrieron algo fundamental: el problema principal del vuelo no era elevarse, sino mantener el control. Inspirados en cómo las aves inclinaban sus alas, desarrollaron un sistema para controlar el equilibrio lateral del aparato.

Era una revolución conceptual. Mientras otros inventores se obsesionaban con construir motores más potentes, ellos estaban resolviendo el problema del control.

Cuando el conocimiento aceptado no alcanza

Con el tiempo, comenzaron a notar que los cálculos aerodinámicos aceptados por la comunidad científica no coincidían con sus resultados reales. Para dos mecánicos sin títulos universitarios, cuestionar esos datos parecía una locura.

Así que hicieron algo extraordinario: construyeron su propio túnel de viento en su taller. Probaron cientos de formas de alas, midieron fuerzas, registraron resultados y corrigieron fórmulas que llevaban décadas sin ser cuestionadas.

El vuelo empezó a dejar de ser un sueño romántico para convertirse en un problema de ingeniería.

El obstáculo final

Cuando dominaron el control del planeador, apareció un nuevo problema. No existía un motor suficientemente liviano para su aeronave.

Una vez más, el mundo parecía decirles que debían esperar.

Una vez más, decidieron no hacerlo.

Diseñaron y construyeron su propio motor. No era perfecto ni sofisticado. Pero funcionaba. Y funcionar era suficiente.

El amanecer que cambió la historia

Después de años viviendo entre tormentas de arena, carpas improvisadas, burlas y accidentes, llegó una mañana fría de diciembre. Prepararon su máquina en las dunas.

No había multitudes ni periodistas. Solo dos hermanos, viento constante y años de trabajo silencioso.

La máquina avanzó, vibró… y se elevó.

Durante unos segundos, la humanidad voló bajo control humano por primera vez.

Ese momento no solo transformó el transporte. Transformó la idea de lo posible.

 

Tenemos la capacidad de crear mundos, tantos como nuestra mente nos permita. Muchos mundos son solo fantasias, otros logran convertirse en realidad.

Seguramente es abrumadora la cantidad de fracasos, fortunas y vidas perdidas frente a los relativamente pocos éxitos conseguidos.

A diario tomamos una gran cantidad de decisiones. Las alternativas solo son dos: continuar o detenerse.

Nadie es lo suficienentemente sabio como para conocer la respuesta por anticipado.

La vida es un viaje corto. Vale la pena el intento de aprender a volar.

 

Notas:

Esta nota está inspirada en este podcast: https://open.spotify.com/episode/0zgnrD1CCTQhOrQWMNHf33?si=94dc90499859499a

La publicación del New York Times la podés encontrar en este ennlace: https://en.wikisource.org/wiki/The_New_York_Times/1903/10/9/Flying_Machines_Which_Do_Not_Fly?

Además, te recomiendo esta película sobre la búsqueda de la AGI (Inteligencia Artificial General): The Thinking Game, sobre la creación de Deep Mind y su fundador, Demis Hassabis. https://youtu.be/qcKikHepeKI?si=V9U5qQ5sVWffF6XP 

sábado, 20 de julio de 2024

Inseparables

 

La amistad es el vínculo que hace a dos personas inseparables, bajo cualquier condición, incluida la muerte, el vínculo es capaz de resistir. No sabemos cómo se construye, porque suele hacerlo en una etapa de la vida en la que todavía no aprendimos a pensar. A pesar de esta ignorancia, nos habita la profunda convicción de que nada la puede romper.

No sabemos explicarla más que con exageradas anécdotas llenas de heroísmo o de gracia. Es uno de los pocos lugares donde todos coincidimos en poner a la felicidad.

Con un amigo podemos pelearnos a puñetazos y esos puñetazos duelen más en nuestra carne que en la de él. El tiempo que pasa hasta la reconciliación es eterno, pero llega, y llega bendecida por el perdón más auténtico, el que no necesita de más explicaciones que un abrazo o una mirada para volver al lugar del que nunca se debió haber salido. Porque nunca lo perdonamos a él, que es perfecto, sino que nos perdonamos a nosotros mismos, que nos comportamos como estúpidos más veces de las que nos gustaría reconocer.

La ofensa de un amigo siempre tiene revancha. Hasta las personas más odiadas tienen algún amigo.

No se rompe la amistad con la distancia, ni con el tiempo. Basta un encuentro, por breve que sea, para volver inmediatamente al lugar donde habíamos quedado.

La amistad tiene la astucia de buscar cualquier excusa para compartir un momento, como la sabiduría para evitar la convivencia.

El amigo es el interlocutor en el diálogo interior. Cuando contamos nuestros planes o nuestras dudas, alegrías o enojos siempre imaginamos ahí a un amigo para que nos diga qué haría él en nuestro lugar, para darnos la razón o para hacernos ver equivocados o para darnos el suspiro de coraje que nos hace falta para poner en marcha la obra.

La vida puede llevarnos a crecer en distintas direcciones, como las ramas de un árbol, pero seguimos siempre atados al mismo tronco y nutridos por las mismas raíces.

Los católicos ven en el matrimonio la unión divina, “que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Una amistad no la rompe ni Dios, ni cualquier otro sustituto por más pasión que pongamos en él.

Romper una amistad nos rompe, nos deja una herida irreparable, fatal. Es una herida autoinfligida que nunca nos dejará.

Puede mejorarse con respeto y dedicación, pero no se construye ni con ellos ni con nada que podamos planificar. Aparece espontáneamente, se da o no se da.

No hay lugar más cómodo que frente a un amigo. Le podemos contar nuestros problemas, aunque casi siempre evitamos contagiarlo de nuestros disgustos.

La amistad es el último refugio antes de la soledad y la tristeza.

No sé qué puede haber en el último pensamiento de un hombre, pero no será una mala muerte si en la última imagen están los amigos.

Escribí esto mientras pensaba en ustedes, queridos amigos.

 

sábado, 11 de mayo de 2024

Decisiones


 

Las decisiones son el intento de encauzar nuestra vida de un modo consciente, para no depender solo del azar o del impulso de nuestras emociones.

Decidir es difícil.

La vida es muy corta y no podemos tomar más que un puñado de decisiones que marcarán nuestro destino. Llegamos con algún talento, pero es principalmente el azar el que lo determina.

En qué lugar y en qué época nacemos, en el seno de qué familia o en qué momento de la vida de nuestros padres llegamos al mundo condicionarán nuestra existencia, y sólo podremos adaptarnos a eso.

Todos estos hechos azarosos formarán nuestras emociones, y las emociones se transformarán en ideas sobre cómo funciona el mundo, y las ideas moverán a nuestras acciones, y aquellas acciones que repitamos lo suficiente se transformarán en hábitos, los hábitos forman nuestro carácter y nuestro carácter acaba por marcar el destino.

Para tomar decisiones conscientes es necesario dominar este proceso. El carácter determina el estilo de toma de decisiones, si somos analíticos o impulsivos, si decidimos y actuamos en consecuencia o procrastinamos, si somos asertivos o inseguros, y tantas otras posibilidades de interpretar lo que nos sucede.

Las decisiones se ponen de manifiesto en lo que hacemos, no en lo que pensamos que vamos a hacer. Interpretar las decisiones pasadas sin un espíritu crítico es una de las formas del engaño. La tendencia a racionalizar para justificar es irrefrenable, por eso es mejor ser juzgado por los demás, aunque no sea fácil someterse a esa prueba.

Aún dominando el proceso, el azar influye mucho más en nuestra vida de lo que nos gusta pensar. Ni todos los éxitos son atribuibles a nuestros talentos ni todos los fracasos se deben a la mala suerte. “El Diablo no caga siempre en el mismo sitio” dice un proverbio alemán. Si culpas por tus errores a los demás o a la mala suerte es probable que te estés equivocando más de lo que te gusta admitir.

La experiencia es el camino más seguro hacia el éxito, pero adquirirla depende de haber fracasado lo suficiente. Aprender donde hemos tenido éxito es muy raro. Aun así, si los fracasos  no se comprenden se repetirán sin capitalizarse como experiencia.

Para aprender a tomar decisiones hay que tomarlas. Y tanto mejor cuanto más temprano se deba decidir en la vida, sobre todo porque tomamos las principales decisiones siendo muy jóvenes –qué cosas estudiar, en qué trabajar, si aceptar o no tal o cual trabajo, si formar o no pareja, si tener o no tener hijos, si ahorrar o consumir, si tomar créditos que nos obliguen a mantener un trabajo o a vivir en un lugar que no nos gusta-. Este pequeño puñado de decisiones condiciona nuestro destino. El lugar al que lleguemos depende de los caminos que hayamos elegido.

La mejor forma de amar a los niños es permitirles decidir. Decidirán sobre problemas pequeños, muchas veces reversibles. Aprenderán de las frustraciones. Equivocarse es el mejor camino para adquirir seguridad. Cuando un avión se cae se refuerzan los mecanismos de seguridad, y cada vez son más raros los accidentes aéreos.

Madurar es aprender a tolerar las equivocaciones. El que se equivoca poco es porque “no se juega la piel”. Decidir es enfrentar la hoja en blanco, no usar el GPS para vivir.

Se puede vivir sin tomar decisiones. Los otros las tomarán por nosotros. Trabajar por un salario o seguir siempre a la mayoría son formas de vivir sin decidir, formas de evitar frustraciones.

La decisión nos hace singulares, algo extremadamente difícil para seres preparados para agradar al grupo, que siempre habita en nuestra voz interior. 

Decidir es dejar cosas de lado, es renunciar. Dejar abiertas todas las opciones cierra más puertas de las que abre. El tiempo de vida es corto, no tenemos la cantidad suficiente de iteraciones para encontrar el mejor camino. Es más doloroso el arrepentimiento por no haber decidido que por haberse equivocado.

Para decidir se debe fijar límites, reconocer la propia ignorancia, definir los alcances de lo que se sabe, de lo que se cree que se sabe, de lo que no se sabe que no se sabe, y de lo que no se sabe que se sabe. Implica hacer juicios con la humildad de que toda decisión es incompleta, que abre paso a una incertidumbre inerradicable.

La decisión nos enfrenta a nuestra propia contingencia, a la vez que al temor frente a la libertad de hacernos cargo de nuestra vida.

Cuando los dioses nos dieron la razón, también nos dieron la maldición de tener que aprender el arte de decidir.

PD: Si querés algo más https://youtu.be/G3NRdi8lWok?si=pmKFR7z0kl10wyuy

domingo, 5 de mayo de 2024

Cómo ser un buen anfitrión para un celíaco.


 

Una de cada 100 personas puede ser celiaca. Entre tus amigos o familiares puede haber alguna de ellas.

La celiaquía es hereditaria y puede expresarse en cualquier momento de la vida.

Una reunión social con comida es un motivo de preocupación para un celiaco. Muchas personas terminan aislándose porque no pueden compartir momentos con sus amigos sin parecer raros o molestos.

Cuando planificás una reunión o una salida podés tener en cuenta algunos tips para que tu invitado se sienta bien y disfruten juntos del encuentro.

1.      Conocimiento: Informate sobre la enfermedad celíaca y comprende que el gluten está presente en muchos alimentos y productos, incluso en algunos inesperados como salsas y condimentos.

2.      Comunicación: Habla con tu invitado antes del evento para entender sus necesidades y preferencias. Esto te ayudará a planificar el menú y evitar cualquier contratiempo.

3.      Contaminación cruzada: Sé consciente de la contaminación cruzada. Usa utensilios y superficies de cocina limpios y separados para preparar alimentos sin gluten, incluso si cocinas en tu horno alimentos con gluten, el horno se contamina. Asegúrate de que todos los ingredientes estén libres de gluten y no hayan estado en contacto con él.

4.      Restaurantes: hay muy pocos restaurantes que ofrezcan comida para celiacos. Comida sin TACC no es lo mismo que apta celiacos, porque lo más importante es evitar la contaminación cruzada. Los ingredientes pueden no contener gluten y, lamentablemente, la comida puede estar contaminada.

5.      Etiquetado y selección de alimentos: Elegí alimentos que estén certificados como libres de gluten o que naturalmente no contengan gluten. Lee las etiquetas de los productos cuidadosamente para verificar su contenido.

6.      Preparación de alimentos: Prepara los platos sin gluten primero y ten cuidado al cocinar simultáneamente platos con y sin gluten. Considera preparar un menú completamente sin gluten para evitar riesgos.

7.      Educación a otros invitados: Si vas a tener más invitados, infórmales sobre la celiaquía y la importancia de evitar la contaminación cruzada.

8.      Empatía y apoyo: Muestra empatía y apoyo a tu invitado celíaco. Asegúrate de que se sienta incluido y que pueda disfrutar de la comida y la compañía sin preocupaciones.

Recuerda que la seguridad y el bienestar de tu invitado son lo más importante. Si los alimentos se contaminan los efectos duran meses, no sólo es un día de malestar.

 

 Con un poco de planificación y cuidado, podes ser un excelente anfitrión para una persona con celiaquía.

¡Buena suerte!

viernes, 19 de abril de 2024

Derecho a la Salud

 

“No-Hay-Plata”, es el mantra de los tiempos. Que es una nueva versión de la máxima de la ciencia económica: Las necesidades son infinitas y los recursos son escasos y tienen usos alternativos.

Pero menos que plata hay tiempo. Que es el bien más escaso de todos. Así que telegráficamente resumiré el problema.

Por razones que es inútil presentar parece que estamos todos convencidos de que la salud es un derecho, y que este derecho es un derecho positivo, es decir, que no sólo consiste en que hay que evitar dañar la salud de una persona sino que esa persona tiene derecho a recibir toda la atención que demande para alcanzar su estado de salud física, mental y social.

Entonces, si hay un derecho a la salud, nadie puede estar excluido, por lo tanto, hay que garantizar que todos los habitantes reciban los servicios que necesitan.

Se supone que todos los contribuyentes sostenemos un sistema de salud estatal para cumplir con este mandato y, como si fuera poco, también tenemos un sistema de obras sociales financiado con impuestos al trabajo; así que, si usted es un afortunado trabajador contratado bajo la tutela de la ley, paga impuestos para sostener el sistema público y paga impuestos para sostener un sistema privado que compulsivamente debe financiar.

Como estos sistemas no satisfacen la demanda de “derecho a la salud” en la Argentina se ha creado otro sistema que se conoce como Medicina Prepaga (acá puede ver lo relacionado con ella https://elpeldanio.blogspot.com/2024/01/el-caso-de-la-medicina-prepaga-un.html) que es un sistema privado que, en principio, -entendiendo en principio tnato en su sentido ontológico como en su sentido cronológico- se basa en lo que se basa todo sistema privado, en el respeto a la propiedad privada, que es la única que existe. Bajo este principio hay un intercambio libre entre clientes y proveedores para contratar los bienes y servicios que se ofrecen y se demandan para conservar la salud.

Como ignoramos las palabras de Thomas Jefferson de que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”, alguien no vigiló lo suficiente y aparecieron grupos de presión a quienes les pareció que mantener su salud les resultaba excesivamente caro (que lo es, sobre todo si uno quiere mantenerse joven y sano hasta los cien años y más allá, a pesar de que haga todo lo posible por arruinar lo que Dios le dio) y entonces se decidió que por lo que se paga voluntariamente aquellos que ofrecen los servicios deben prestarlos sin límite recibiendo a cambio la suma que los grupos de presión estén dispuestos a desembolsar, porque la salud, antes que nada, es un derecho. Así que, por si no bastaba con haber probado con dos sistemas coercitivos para alcanzar la salud para todos también transformamos un sistema libre en otro compulsivo y, por extraño que a cualquiera pueda parecerle, estamos consiguiendo los mismos resultados.

Y aquí llegamos al verdadero dilema: O pagamos por la salud que queremos o tendremos la salud que podamos pagar. Resolver el problema es sencillo: se hace una lista de todos los servicios que queremos recibir, se abre una licitación para que los oferentes de los servicios pongan los precios a los que están dispuestos a realizarlos –a menos que a alguien se le ocurra que deban prestarlos a punta de pistola- y después se hace una simple suma. Con el número en la mano se le dice a la población cuánto va a tener que poner de su bolsillo para que el sistema funcione. Algunos podrán pagarlo y otros no, y la diferencia la va a tener que poner el que pueda pagar (si es que se puede lograr que no huya). Puede que a algunos esta idea les parezca absurda, pero es la única que tengo para hacer realidad el Derecho a la Salud sin que sigamos perdiendo el tiempo en discusiones estériles, porque el tiempo es el recurso más escaso.

La alternativa es revisar la idea de que la salud es un derecho.

martes, 2 de enero de 2024

El caso de la Medicina Prepaga. ¿Un modelo agotado?

 

La medicina prepaga es un caso particular dentro del universo de los que llamamos seguros.

El negocio de los seguros se basa en la simple idea de que alguien ofrece asumir determinado riesgo de un tercero a cambio de una suma de dinero, bajo el supuesto de que ese riesgo que el tercero le transfiere tiene una probabilidad muy baja de ocurrir, pero que en el caso de que así fuera, quien sufre el daño sufriría una pérdida económica que lo llevaría al quebranto o directamente sería incapaz de afrontar. El asegurador asume el riesgo porque tales eventos son dispersos y no ocurren simultáneamente a toda la población asegurada.

Para que un evento sea asegurable no solo tiene que cumplir con la condición de ser de baja probabilidad de ocurrencia, también debe poder ser mensurable, sea en dinero o sea en especie y tiene que poder delimitarse claramente, o bien la suma a resarcir o bien el alcance del evento. Además tiene que tratarse de sucesos azarosos, es decir, la parte asegurada no debe tener control alguno sobre las eventualidades aseguradas.

El precio que ambas partes pautan en el contrato de aseguramiento es función tanto de la percepción de riesgo que tenga el asegurado como de los costos en los que el asegurador deba incurrir. El cliente estará dispuesto a pagar más por un seguro ante eventos que él crea más probable que ocurran. ¿Cuánto más estará dispuesto a pagar? Tanto más cuanto perciba que, en el caso de que el evento ocurra,  para él sería ruinoso, de modo que no pagaría por eventos que no le afectarían en gran medida su economía y podría afrontar su costo evitando la pérdida que le significa el pago regular de la prima de su seguro.

Por otro lado, el asegurador no estará dispuesto a asegurar eventos de una alta probabilidad de ocurrencia, o que no sean azarosos, o que no puedan resarcirse ni en dinero o en especie, o que su costo de resarcimiento sea imposible de calcular.

Dadas estas características, vemos que los seguros han hallado mercados para una gran variedad de eventos posibles: climáticos, financieros, accidentes viales, vivienda, vida, salud, etc.

La industria de los seguros ha alcanzado un grado de madurez tal que es difícil encontrar nuevos nichos asegurables o nuevos actores.

No es el caso de los seguros de salud. En este caso, los eventos asegurables han ido variando tanto como las soluciones tecnológicas lo han permitido.

Surge un primer problema que es cómo conmensurar los eventos en salud, en algunos casos es sencillo y en otros casi imposible. Por ejemplo, es sencillo medir el evento de un traumatismo accidental o la aparición de un cáncer, pero no lo es determinar el alcance de los trastornos o dolencias producidas por la vejez. Mientras no existían soluciones tecnológicas para tratar estos problemas los seguros solo se limitaban a lo resarcible, en la actualidad la situación es muy distinta, porque no solo la tecnología ha permitido tratar enfermedades antes no tratables sino que además la atención de la salud ha abarcado conjuntos de problemas que exceden lo que se conocía como enfermedad.

Por otro lado, la probabilidad de que los sucesos de salud ocurran varía a lo largo de la vida. Esto no es un problema mientras las primas de los seguros puedan ajustarse en función de estos cambios, hasta el punto en que el objeto asegurable se extinga, dada su alta probabilidad de ocurrencia, como en el caso de los seguros de vida, que están disponibles para la población joven y dejan de estarlo para los ancianos.

Dadas estas condiciones, se puede observar que algunos eventos de salud cumplen con las condiciones para ser asegurables, pero muchos otros no, porque no son azarosos, porque no son conmensurables o porque su probabilidad de ocurrencia es alta.

¿Qué hacer con aquellos eventos que no son asegurables?

La simple respuesta es que no se aseguran, es decir, los riesgos los debe afrontar el propio sujeto.

Otra opción es que los asegure otro, ya no voluntariamente, porque no hay quien acepte esos riesgos, sino compulsivamente. Y solo el estado es capaz de hacer que uno pague compulsivamente por los consumos de terceros, lo hace por medio de la recaudación de impuestos o mediante regulaciones, o ambas al mismo tiempo. Puede, por un lado, ofrecer sistemas de atención de libre acceso y,  por otro, obligar a los agentes aseguradores a cubrir los eventos que voluntariamente no cubrirían.

Para lograr que la sociedad esté dispuesta a pagar por bienes o servicios no asegurables se la debe convencer de que estos son especiales y deben ser provistos más allá de que exista o no demanda de ellos (debe tenerse en cuenta que “demanda” no significa sólo necesidad de un bien sino también capacidad de pago). Estos bienes son los denominados meritorios o preferentes, y la salud es uno de ellos.

Podría suceder que los servicios provistos por el estado sean todos aquellos no asegurables y que los individuos se procuraran los asegurables, pero siendo la salud un bien meritorio se pierde el incentivo al aseguramiento. En los hechos, los seguros de salud se sostienen debido a la baja calidad de los servicios estatales o a la demora en recibirlos o a una combinación de ambos. Los que podrían ser servicios complementarios son, en la práctica, servicios competitivos.

 

El caso de la medicina prepaga.

Dijimos que la medicina prepaga es un caso particular de seguro, pero deberíamos revisar este supuesto a la luz de varios hechos y del contexto.

Lo primero que llama la atención es que las compañías tradicionales de seguros no incluyen entre su cartera de servicios a los seguros de salud, o los incluyen asegurando sólo algunos eventos  y con topes de resarcimiento en los montos, que se restituyen en dinero y no en especie.

Desde una perspectiva histórica vemos que el negocio de la medicina prepaga no ha sido creado ni desarrollado por el descubrimiento de una demanda particular, como es el caso de los seguros, sino de una necesidad detectada en la oferta de servicios sanitarios, es decir, se han creado como un modo de sostener una oferta constante de servicios para evitar la aleatoriedad de la enfermedad. Por eso, los primeros oferentes de servicios de medicina prepaga eran, a su vez, proveedores de los servicios, de allí que justamente se denomine a estos emprendimientos Empresas de Medicina Prepaga. La idea de este negocio es que el cliente pague regularmente una cuota por servicios que sabe que va a utilizar en algún momento más o menos próximo. En este modelo de negocio, dejan de estar alineados los incentivos de clientes y proveedores. Si en el modelo asegurador el negocio consiste en que una parte acepta la incertidumbre de la otra a cambio de un precio, en el modelo de medicina prepaga los intereses no se complementan sino que compiten, porque quien cobra las cuotas tiene interés por limitar la cantidad de los servicios que provee, el interés del que las paga es utilizar al máximo posible los servicios por los que ha paga, lo que hace que la tensión entre clientes y proveedores de estos servicios sea permanente.

La segunda generación de negocios de medicina prepaga aparece cuando los proveedores de servicios se desdoblan entre quienes proveen directamente los servicios y quienes sólo los financian y contratan por su cuenta con los proveedores. Esta novedad permite una acelerada expansión del negocio, ya que no se necesitan realizar importantes inversiones de capital para instalar establecimientos sanitarios sino estimar de algún modo la demanda de servicios (inclusive limitando el acceso a los servicios por diversos mecanismos) y contratando a los proveedores capaces de satisfacerla.

Este desglose de funciones crea nuevos incentivos para los proveedores de los servicios, quienes ya no deben preocuparse por limitar el uso sino que, por el contrario, su beneficio se encuentra en utilizarlos al máximo.

El negocio de la medicina prepaga se encuentra entonces en un precario equilibrio, cuya condición para mantenerse es que la oferta de servicios pueda ser sostenida por la capacidad de pago de los clientes.

Visto de este modo, la medicina prepaga no es un caso de modelo de seguros sino un modo que utiliza la industria de servicios sanitarios para obtener rentas. Como puede colegirse, sólo la capacidad de pago de los clientes puede poner un límite al financiamiento de esta oferta. Dado que la salud es un bien meritorio la oferta de servicios sanitarios seguirá creciendo al ritmo del desarrollo de nuevas capacidades tecnológicas para ofrecer productos relacionados con la salud, donde los límites entre aquellos indispensables para mantener unas condiciones de vida digna y los que solamente aportan confort son difusos  (agravan la situación la protección ante la competencia que abarca muchos sectores de proveedores de bienes sanitarios)  y, en un loop vicioso, cuanto más se pide a los clientes que paguen, más servicios demandan por dichos pagos.

La precaria solución que han encontrado los financiadores ante la insuficiente capacidad de pago de sus clientes ha sido la de emular a los sistemas piramidales, en los que los nuevos ingresantes, jóvenes y sanos y, por lo tanto, muy poco demandantes de servicios de salud pagan por los servicios que reciben los mayores; un esquema inviable ante las crisis económicas y demográficas.

Las soluciones para resolver el dilema de cómo proveer servicios de salud oportunos, de calidad y accesibles para toda la población no se encuentran. La alternativa de la medicina prepaga luce cada vez más como el camino agotado de un modelo que, tal vez, no podía sostenerse.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Fuente de Sentido

Ayer se murió la esposa de uno de los mejores amigos de mi papá. El amigo se había ido hace mucho. Ella, cerca de 80, estaba bien. Estuvo el sábado en Uribelarrea comiendo y divirtiéndose. Así fue siempre. Ayer hizo un paro cardiorespiratorio y murió. Esas muertes te enfrentan a la incertidumbre. Adopté de un médico tuitero (@Krusty_M_D) el concepto de "fuente de sentido". Todos buscamos una. Para unos será la muerte el llamado de Dios, otros tratarán de explicar que la máquina que aparentemente andaba bien tenía algo que no funcionaba. Unos y otros dependen de su fuente de sentido para aliviar la angustia. Buscamos explicaciones porque no toleramos no tener alguna. La paz mental consiste en aceptar la incertidumbre y entender que somos afortunadamente contingentes.