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miércoles, 8 de abril de 2020

Imagine


“Imagine all the people, living for today” John Lennon

La paz solía ser ese periodo que hay entre dos guerras. Desde que la agricultura posibilitó la construcción de sociedades la humanidad han vivido en guerra casi en forma permanente. La escasez de recursos para sobrevivir impulsó a los grupos humanos a obtenerlos por cualquier medio, y la violencia fue acaso el más elegido.
Cada una de las guerras ha ido perfeccionando los sistemas de ataque y defensa. Desde las primeras armas rudimentarias hasta los sofisticados escudos de misiles.
Paradójicamente, la última guerra de la humanidad se resolvió sin disparar un solo tiro. Fue la Guerra Fría. La Unión Soviética sucumbió bajo la presión que el altísimo gasto militar le demandaba a su improductiva economía. Perdió la guerra por sus ideas.
Aún se ven conflictos armados en algunos lugares pero son de pequeña escala y responden más a la excepción que a la regla.
Francis Fukuyama llamó “el fin de la historia” a este fenómeno. Aún se lo sigue criticando por esto. ¿Estaba equivocado en sostener que el capitalismo –genéricamente hablando- había demostrado ser el sistema que mayor bienestar económico ha dado a la humanidad? Seguramente no, pero acaso no pensó que no sólo el bienestar económico es lo que la humanidad persigue.
El capitalismo ha derrotado al hambre y a la escasez, pero no a la envidia y al ansia de poder ni a la codicia desmedida. Está lejos de ser un sistema de vida cuyos valores principales de igualdad ante la ley y la libertad individual sea aceptado por todos. El capitalismo tiene sus enemigos entre los integristas y fundamentalistas, sean estos religiosos, étnicos o conservacionistas del medio ambiente.
Así que la historia no ha terminado, tampoco los conflictos. Y la guerra se realiza por otros medios.
Ya no es posible mantener costosos ejércitos sin dañar seriamente la calidad de vida de las personas, que se han acostumbrado a los altos estándares alcanzados. Entonces, en lugar de grandes conflagraciones los ataques mutaron en acciones terroristas. Pero cada ataque provoca su resiliencia. Los ataques terroristas son trazables, los explosivos tienen precursores y se puede llegar hasta quienes planificaron los ataques. Ante esta reacción alguien pensó que se puede utilizar como un arma, inclusive una muy destructiva, algo que no lo es, por ejemplo un avión. El daño que provoca un arma no diseñada para ese fin es mayor al daño material que produce, junto con este produce una sensación de inseguridad que perdura más tiempo que la explosión y obliga a tomar medidas de defensa muy molestas para la vida cotidiana, porque se torna más difícil identificar al enemigo, cualquier extraño puede serlo. Es el principio del fin de la igualdad ante la ley y la libertad capitalista.
Ahora imaginemos, sólo imaginemos, que alguien fue un poco más allá y decidió utilizar la propia fortaleza de su enemigo para atacarlo: ¿es fuerte económicamente?, destruyamos su economía, ¿es fuerte la cohesión social?, hagamos que se sospeche hasta de la propia familia, ¿confía en sus instituciones?, convirtamos a sus gobiernos en autoritarios, ¿son extendidas y libres sus comunicaciones?, corramos falsos rumores en todas las direcciones, ¿llevan una vida cómoda y previsible? Hagámosles sentir que la muerte está golpeando a su puerta.


¿Cómo hacer semejante cosa? Pues haciendo circular la noticia de que una nueva y contagiosa enfermedad puede provocar muertes masivas y de tan rápida propagación que colapsarían todos los sistemas de salud del mundo, que la única manera de salvarse es dejando de hacer lo que hacía cada uno cada día para esconderse en su casa, que los gobiernos se vean obligados a cerrar fronteras y aeropuertos, empezando por países y terminando en vecindarios, que cualquiera resulte tan sospechoso que deba ser monitoreado cada movimiento que realiza y, allí donde esto no pueda hacerse, sea la policía quien lo detenga, que el gobernante sea el que decide quién puede trabajar y quién no, que aumente los impuestos y deprecie su moneda e intervenga en la actividad económica de cada persona para que nadie más sienta que es dueño de su destino. Y que los daños provocados por todo esto sean duraderos, tanto que la vida ya no sea la misma para todos los que logren sobrevivir a un resfrío más.

Pero esto, ya sabemos, es imposible. Sólo puede ser el producto de dejar volar la imaginación.
Imaginemos, como soñó Lennon, que sólo vivimos el día a día.
Y su sueño se hizo realidad.

domingo, 5 de abril de 2020

La Fatal Displicencia


Hace más de treinta años Friederic Von Hayek escribía La Fatal Arrogancia. Allí criticaba a la razón por su incapacidad para diseñar un sistema ético que permita la convivencia, siendo para él el socialismo el sistema que ejemplificaba dicha pretensión. Dos años antes de esa publicación se había producido el colapso de la planta nuclear de Chernobyl, y pocos años después el de la Unión Soviética, sepultada por sus propias mentiras.
Hoy nos sorprende una crisis de escala mundial producida por la pandemia del coronavirus. Sobran las muestras de norte a sur y de este a oeste de los errores de los gobiernos para contener el fenómeno. Empezando por el ocultamiento de los contagios en Wuhan y finalizando con aglomeraciones en Argentina de grupos de ancianos e indigentes para cobrar unos magros ingresos para sobrevivir, luego de quince días de una dura cuarentena impuesta por el gobierno.
Sería injusto culpar de tales desaguisados a los hombres que circunstancialmente ocupan los cargos más altos de cada administración. ¿Acaso podríamos asegurar que otros no hubiesen cometido los mismos o parecidos errores? ¿Había forma de que no los cometan? ¿Podríamos esperar que aparatos políticos comandados por demagogos tuvieran la humildad de reconocer que no tenían capacidad para enfrentar este problema?
Tampoco los científicos han atinado en respuestas eficaces, cada uno refugiado en la torre de marfil de su especialidad, se han limitado a explicar el fenómeno y a balbucear cuando les son requeridos consejos para enfrentar a los múltiples desafíos a los que nos enfrenta la pandemia.
No es exclusividad de los políticos la fatal arrogancia.
Casi sin excepción se han excusado por su incompetencia diciendo que la pandemia se trata de un Cisne Negro, autoincriminándose por no haber leído más que la tapa del libro de Nicholas Taleb, ya que si lo hubieran hecho habrían aprendido que los cisnes negros son criados en el enorme territorio que queda fuera de lo que cada uno cree que es posible, como si la realidad pudiera caber en nuestras limitadas mentes.
La fatal arrogancia tiene su contracara en una sociedad adormecida, que ha delegado la toma de decisiones cruciales para su vida en los demás y se enfrenta atónita al desengaño. Paralizada por la angustia de la ocasión, no atina a otra cosa que a obedecer irreflexivamente órdenes, porque de esa manera tendrá a quién responsabilizar por el fracaso.
Luego de muchos días de estar sentados contando muertos por el mundo mirando la televisión como si se tratara del medallero de los juegos olímpicos, algunos han comenzado a preocuparse porque su heladera se está vaciando, lo que ya sucedía desde el primer día de la cuarentena en amplios sectores de la población, esos que ni siquiera tienen casa donde quedarse.
Se cree que lo mejor que uno puede hacer es reenviar memes por whatsapp y esperar que el virus se torne inofensivo o que alguien se apure en inventar una vacuna. Mientras se alivian  aplaudiendo un rato al día a los soldados que se supone que salen a combatir a un enemigo invisible, una no muy razonable forma de conjurar el peligro.
Ahora el mundo entero se encuentra en un brete porque no encuentra la manera de salir en el laberinto en el que se ha metido, porque siempre es más fácil equivocarse en manada que tener razón en soledad, una lección que suelen darnos los que se dedican a las finanzas.
Nadie sabe cuándo volverán los días normales, ni siquiera si algún día volverán. Recién ahora nos empezamos a dar cuenta que la única razón para haber dislocado nuestras vidas fue evitar que se vean sobrepasados los servicios sanitarios. Ahora está todo dislocado.
Sería muy inconveniente esperar que nos saquen del problema quienes nos han metido en él.
Hay algo peor que la fatal arrogancia. Es la Fatal Displicencia de haber puesto el destino de nuestra propia vida en los designios de los demás. El virus vino a recordarnos que el mundo no es un lugar seguro. No sabemos qué hacer para resolver el problema, pero tenemos que empezar a intentarlo.

viernes, 3 de abril de 2020

¿Por qué no intentar soluciones de mercado para responder a la pandemia?


Para aquellos que no lo tengan claro, el mercado es el ámbito de intercambio de bienes y servicios voluntarios donde las personas descubren, por medio del sistema de precios, qué cosas necesitan en forma más urgente los demás e intentan satisfacerlas del modo más eficiente.
Los que tienen éxito habrán hecho una gran contribución a aquellos que necesitaban satisfacer sus necesidades del modo más económico posible y reciben a cambio los bienes y servicios que ellos mismos demandan.
¿Qué sucede durante una pandemia? Si es lo suficientemente peligrosa sucede que cambia súbitamente nuestro orden de prioridades. Los bienes y servicios que son demandados con más urgencia son los que preservan nuestra vida.
¿Por qué razón no podría el mercado, tan eficiente para producir y distribuir lo que sea que la gente necesite, satisfacer las nuevas demandas del modo más eficaz?
Es claro que durante una pandemia como sucede durante una catástrofe, la demanda de servicios de salud supera a la oferta disponible en forma súbita. ¿Por qué razón se piensa que el mercado no puede reaccionar con la mayor rapidez posible para satisfacerla? En verdad, no es que no se piense esto, sino que el problema es que quienes puedan acceder a los servicios necesarios en primer lugar serían los que pudieran pagar por ellos, quienes tal vez no tengan un riesgo de vida tan apremiante. Por cierto, esta no sería la situación ideal. Habrá que buscar alternativas.
La primera es dejar funcionar al mercado, esperar que los oferentes desarrollen todo su potencial para atender la nueva necesidad para producir y distribuir lo necesario para todos, lo más rápido posible.
La segunda sería estimular la oferta de bienes monopolizando la compra y la distribución de ellos. ¿Quién sería capaz de monopolizar la compra y la distribución de semejante cantidad de bienes? Obviamente, el estado, quien es el que monopoliza la emisión de dinero puede ser quien compre todo lo necesario, pero necesitará de la red de distribución privada para distribuir. El punto es quién determinará el orden de prioridad y con qué criterios. Siempre esto lo hará un burócrata no entrenado, con criterios poco transparentes.
Por supuesto que en países con gobiernos totalitarios donde los mercados libres no existen están mejor preparadas las maquinarias burocráticas para producir-distribuir-asignar los recursos; nunca sabremos si son justos, en el sentido que tenemos de justicia en occidente, los criterios de asignación.
Descartamos por disparatada una tercera opción que sería que el estado se apropie, aunque más no sea temporariamente, de todos los medios de producción y distribución de los bienes que tan urgentemente se necesitan. El resultado sería potenciar los efectos de la catástrofe.
No es de extrañar que ante un peligro nuevo hayamos apelado a soluciones conocidas. Tomamos la pandemia como una guerra, siendo que son obvias y enormes las diferencias. En una guerra los enemigos se identifican, se puede pensar en una estrategia para combatirlos y, sobre todo, los recursos económicos se disponen prioritariamenta para la causa de la defensa.
En la pandemia el enemigo no se ve y una de las formas de enfrentarlo es frenar una gran parte de la economía, lo que en la práctica resulta en anular gran parte de los anticuerpos necesarios para combatirla, posibilitando la aparición de otras catástrofes tan o más deletéreas que la pandemia, empezando por el hambre.
Están a la vista de todo el mundo los errores que cometen a diario las autoridades políticas de todo pelaje para enfrentar la pandemia. Ningún ser humano sería capaz de no cometer errores dada la complejidad de las acciones que se requieren para enfrentar una situación catastrófica en la escala que la pandemia presenta. En consecuencia, no parece la decisión más inteligente centralizar las decisiones porque se centraliza la ignorancia.
Parece más aceptable que se realicen múltiples ensayos para probar soluciones que lleguen en los tiempos y las formas que cada segmento de la sociedad considere más apropiadas para satisfacer lo mejor posible su necesidad. Eso existe. Se llama mercado.

jueves, 2 de abril de 2020

La única grieta que importa


Cuando una persona se hace adulta, momento que podemos establecer cuando deja la casa materna, pasa a tener que relacionarse dentro de un ámbito mucho más amplio: la sociedad. En ese momento más o menos explícitamente se define en relación a ella; o bien se considera como un engranaje dentro de un mecanismo que lo trasciende, como una hormiga más del hormiguero, o bien reconoce su individualidad y busca proyectarse en la vida de acuerdo a sus preferencias.
Los jóvenes, en sus primeros pasos en la vida adulta, tienden a adoptar posiciones colectivistas, buscan la seguridad del grupo, sustituto del calor familiar. No es un proceso sencillo encontrar la individualidad en la vida y hace falta tiempo para acumular experiencias que permitan construir nuevos puntos de vista.
Una de las relaciones más fuertes que la persona tiene con la sociedad es su relación con el estado. Lo que entienda de esa relación marcará muchos de sus comportamientos sociales.
El estado puede entenderse de dos maneras, mutuamente excluyentes: Es el ordenamiento jurídico de la vida social o es la legalización del crimen.
Quien lo entienda del primer modo aceptará que el gobierno es la autoridad que emerge de la “voluntad popular”, que los sistemas electorales, mejor o peor diseñados ofrecen una garantía de trato igualitario a todos los habitantes y que los impuestos son contribuciones que un individuo hace al conjunto de la sociedad, que serán administrados equitativamente por el gobierno para proveer de bienes públicos a todos.
Por el contrario, quien crea en lo segundo, pensará en que el estado es la forma legal, impuesta por la coerción, para cometer todos los crímenes que los individuos no pueden cometer sin riesgo de ser castigados por la sociedad. El estado puede limitar la libertad de las personas limitando su derecho a expresarse, a consumir las sustancias que desee, a trasladarse por dónde y cuando quiera, a curarse de la manera que le parezca mejor, a comerciar o asociarse con quien le plazca, a contratar con los demás de forma libre, a poner precio a sus bienes o a su trabajo, a educarse como le parezca, y a todas aquellas otras libertades de las que puede gozar sin dañar a terceros. También el estado puede robar, que es justamente lo que hace cuando cobra impuestos –por eso llevan ese nombre-, puede engañar, puede endeudar a generaciones que aún no han nacido, puede confiscar bienes privados. Puede crear privilegios (ley privada) para favorecer a unos en detrimento de otros. Puede mentir u ocultar la verdad sin explicar por qué decide tal o cual cosa. El estado puede matar, sea enviando a las personas a la guerra, sea utilizando la violencia frente a disidentes a cualquiera de sus políticas. Todo esto dentro de los marcos legales.
Esta es la única grieta que importa para entender en qué sociedad vivimos y el marco conceptual para entender las medidas que se toman en tiempos normales o en tiempos de crisis.

lunes, 23 de marzo de 2020

Pandemia: datos e interrogantes.


El gobierno ha difundido un informe secreto llamado Sala de Situación donde aborda algunas cuestiones sobre la evolución de la Covid-19 para justificar sus acciones. (Disponible en varios periódicos. En caso de no conseguirlo pueden solicitármelo por privado en mi cuenta de twitter @convercat).
Se toma el reporte tomado de la OMS que cuenta muertos sobre casos confirmados, lo que sesga el resultado, pues los confirmados son sólo los testeados. Además se desconoce si esta es la patología que los llevó a la muerte.
Se presenta al distanciamiento social como una medida efectiva sin medir sus costos. Si nos ponen en cuarentena es muy probable que disminuya prácticamente a cero la tasa por muertes por accidentes de tránsito, al costo de morirnos de hambre.
Los datos nacionales confirman la evolución prevista por diversos estudios científicos: 80% no presenta síntomas, 15% cursa enfermedad leve, 5% puede ser hospitalizado y de estos una cifra entre 2 y 3% fallece, por varias condiciones: edad, estado de salud y accesibilidad a servicios de calidad.
El informe "Sala de situación del gobierno" habla de casos confirmados, cuando se sabe que los casos confirmados dependen de la cantidad de test realizados, lo que depende de los kits disponibles y del tiempo para realizarlos. Hay pocos kits y se demora entre 7 y 10 días para conseguir los resultados.
El informe extrae estas conclusiones:
‒Los países que tomaron medidas drásticas tempranamente lograron detener el crecimiento exponencial de casos y fallecidos y pudieron incidir en el comportamiento de la curva (China, Corea del Sur y Taiwán)
‒Los países que tomaron medidas drásticas pero tardíamente (España, Francia, Alemania, USA) no lograron impactar en el crecimiento exponencial de casos y muertes y han visto superadas las capacidades de atención en el sistema de salud,
‒Los países que tomaron medidas parciales e inoportunas o tardías, han fracasado en el control de la situación y han visto colapsados sus sistemas de salud, aún en sistemas robustos y avanzados (España, Italia, Brasil)
Por lo dicho arriba, está claro que difícilmente uno se fracture una pierna si no se levanta de la cama.
No resulta comprensible el argumento de que si se toman medidas drásticas se estará controlando el contagio en lugar de simplemente postergar su pico. No aparece ni siquiera esbozada una teoría de un contagio ralentecido por utilizar restricciones más leves.
Se habla de resultados por países sin tener en cuenta que se trata de ciudades con diferentes características: Italia tiene a Bérgamo -con malos resultados- y a Nápoles, que no ha trascendido por no mostrar ninguna tragedia. Tampoco Estados Unidos es Nueva York.
Lo que sí parece tener fundamento es el terror que tiene el gobierno de que colapse el precario sistema de salud. Porque, en primer lugar, desconoce con cuántas camas realmente operativas se cuenta y sobre todo porque si se diera el colapso las culpas recaerían en la clase política, por un gasto del sistema estatal que se desperdicia en burocracia y por las innumerables trabas que tiene el sector privado para hacer crecer su oferta de servicios.

Sobre estas consideraciones, cabe hacer  algunas preguntas:
¿Por qué no se testea a las poblaciones aisladas en cruceros con contagio o en cuarentena por haber concurrido a fiestas? ¿Acaso no serían un buen grupo de control para saber cuántos contagiados se enferman y cuántos de ellos desarrollan una enfermedad grave? ¿Acaso no es más útil utilizar en ellos los escasos kits?
¿Por qué los medios no informan sobre la evolución de estas poblaciones? ¿Cómo están los 400 pasajeros del Buquebús en cuarentena en el hotel Panamericano?
¿Por qué no se conocen los científicos que trabajan con el gobierno para modelizar los escenarios?
¿Se han planteado alternativas a las medidas restrictivas extremas?
¿Cómo piensan salir de la cuarentena?
Los gobernadores e intendentes cierran sus distritos para el ingreso de personas, ¿harán eso para el dinero y las mercaderías que necesitan o por fin se decidirán a ser autosustentables?
Claramente la cuarentena favorece a los mayores con riesgo de enfermar y con ahorros suficientes para vivir por un buen tiempo, ¿cómo se contempla la situación de los que tienen un riesgo muy bajo de enfermar o de hacerlo gravemente y que requieren de su trabajo cotidiano para su sutento?
¿Se ha investigado si hay contagio en las villas y cómo ha evolucionado?
¿Por qué se decretan medidas extremas en provincias y ciudades con muy pocos contagios? ¿No podría establecerse con ellos un modelo alternativo?

Todas son preguntas para hoy, o para ayer. Pero también las hay para mañana y el día después de mañana, que lo habrá.
¿Será de shock o gradual la estrategia para abandonar las restricciones?
¿Seguirán tomándose medidas de orden nacional o se irán tomando de acuerdo a las características de cada territorio?
¿Se ahondará en el manejo centralizado y estatal de la información y de la toma de decisiones o se propiciará la multilplicación de experiencias y ensayos?
¿Seguirán existiendo tantas capas burocráticas o al fin eliminaremos las sobrantes?
¿Dejaremos todo como estaba para enfrentar una economía seriamente dañada o tomaremos las medidas necesarias para reparar y reestructurar lo obsoleto?
¿Cómo será la relación entre gobiernos y ciudadanos cuando pase la emergencia? ¿Seguiremos desconfiando unos de otros? ¿Se impondrán medidas de censura o espionaje a la población con la excusa de protegerla?
¿Surgirá un modo más respetuoso de representación social?
¿Qué sucederá con el respeto a la libertad individual y a la propiedad privada, se reforzarán los mecanismos de cooperación voluntaria o iremos a formas totalitarias de imposición de valores de vida?
¿Se ahondará el autoritarismo y el repliegue hacia las propias fronteras o habrá una apertura hacia una cooperación más franca entre países?
¿Volveremos a las mezquindades electoralistas o miraremos un poco más lejos para descubrir las oportunidades y las amenazas que nos depara el futuro?
¿Quedarán bien parados los que han ocultado o manipulado información?
¿Estará más alerta la sociedad para distinguir la diferencia?
¿Aceptaremos que la vida occidental es tan frágil como cómoda?
¿Aprenderemos que hay algún lastre que soltar para sobrevivir?