El insidioso y solapado camino a
la destrucción (o deconstrucción) de los valores.
El polifacético conductor de TV
Guido Kaczka popularizó esta frase en uno de los tantos programas de preguntas
y respuestas de los que la TV suele poner al aire para que los televidentes se
conformen con ver que hay personas más estúpidas que ellos. La frase redime a las
respuestas equivocadas intentando encontrar una lógica detrás del flagrante
error para salvar al participante del ridículo. Bien visto, es un acto de
amorosa compasión.
Pensado con un poco más de
detenimiento, el abuso de este recurso puede llevarnos a confundir de modo
severo la diferencia entre la verdad y la mentira, entre lo correcto y lo
incorrecto, entre lo bueno y lo malo; y transformarnos en víctimas de un
relativismo que nos pone a la deriva, a merced de cualquier viento que nos
deposite en las playas menos deseadas.
Entre los muchos trabajos
dedicados a descubrir cuáles son las claves del progreso social se destacan principalmente
tres argumentaciones que de modo esquemático pueden agruparse en
Estructuralismo, Institucionalismo y Culturalismo.
Los Estructuralistas, -marxistas,
neomarxistas y estructuralistas-, casi
niegan el desarrollo, entienden las relaciones sociales en función de
conflictos permanentes como lucha de clases, agrupando a estas de diversas
maneras. La evolución de las sociedades se da en el desarrollo de este
conflicto, que abarca tanto el sistema de valores y la cultura –la infraestructura-,
como el sistema institucional –la superestructura-.
Los Institucionalistas sostienen
que lo principal en el camino hacia el desarrollo consiste en dotar a la
sociedad de un conjunto de normas jurídicas que ordenan, reglamentan y
establecen el marco necesario que regula los comportamientos sociales sin los
cuales se desdibujan los incentivos que llevan a los actores sociales a
proyectar su futuro. De allí que pueblos idénticos culturalmente hayan tenido
recorridos muy diferentes cuando sus marcos institucionales son distintos (las
dos Coreas o las dos Alemanias).
Los Culturalistas hacen mayor
hincapié en el sistema de valores, convicciones, creencias o idiosincrasia de
las sociedades como motor del desarrollo. Los marcos institucionales responden,
en estos casos, a un orden emergente que normatiza lo que espontáneamente surge
del sistema de valores. De allí que sostengan que no es recomendable trasplantar
las normas de una sociedad exitosa a otra culturalmente no preparada. Sobran
ejemplos de estos fracasos, Argentina entre ellos.
Recomiendo esta exposición para
ampliar esta breve descripción https://www.youtube.com/watch?v=2jep7miuLO8
Los hechos que los argentinos
estamos viviendo estos últimos tiempos
–siendo estos últimos tiempos un
periodo de extensión imprecisa que se va haciendo más prolongado a medida que
analizamos el pasado reciente a la luz de este marco conceptual, que nos
permite resignificar variados acontecimientos- conmueven nuestros sistemas de
valores.
En efecto, podemos afirmar, sin
temor a equivocarnos, que existe, aunque yo ya no esté tan seguro de que siga
existiendo, una trama de creencias básicas compartidas por los argentinos
durante los últimos 150 años que han servido de cimientos de nuestra nación.
Son unas pocas y simples convicciones acerca de lo que es correcto.
El hombre común tiene como
principios indiscutibles que no se debe matar, pues la vida es el derecho
supremo y preservarla la primer obligación, que está mal resolver los
conflictos por la fuerza y por mano propia, que no se debe robar, por lo tanto
el respeto por la propiedad privada es irrestricto, que el progreso es hijo del
trabajo y del esfuerzo, que la educación es el mejor capital del ser humano y
la mejor herencia que puede dejársele a los hijos, que el ahorro es la base de
la fortuna, que la libertad individual para elegir es el mejor camino hacia la
felicidad. A ellos los acompañan conductas como la solidaridad, la puntualidad,
la austeridad, el compromiso con la palabra empeñada, la honestidad, la
honradez, la veracidad, el orden, la disciplina y, tal vez, un pequeño puñado de cosas más. Pero no
mucho más.
En estos últimos tiempos estamos viendo que la validez de estas
creencias está siendo cuestionada. Como nuestro conductor de TV, algunos
hombres destacados de nuestra sociedad están diciendo “eso está mal, pero no
tan mal”.
Matar está mal si alguien lo hace
en defensa propia pero no tan mal si el que mata lo hace para obtener un par de
zapatillas que no puede comprar porque la sociedad lo oprime a la vez que le hace
desear lo que no puede obtener por métodos lícitos. Rápidos para poner
etiquetas le llamamos a esta impunidad relativa “Doctrina Zaffaroni”.
Robar está mal, pero no tan mal
si el que roba es un político que ofrece dinero a personas a cambio de casi
nada.
La propiedad privada es
inviolable, pero se la puede expropiar con impuestos para financiar cualquier
cosa que los votantes deseen, como mirar los partidos de fútbol gratis.
No respetar los contratos está
mal, pero no tan mal si se quiebran los compromisos para favorecer a los
deudores o a los inquilinos.
Estudiar y aprender ya no están
tan bien vistos porque el mérito es segregacionismo.
El ahorro es dañino para la
sociedad pues es gastar lo que uno no tiene lo que va a hacer crecer la
economía del país.
Somos libres para opinar lo que
querramos, siempre que no se ofenda a las autoridades.
Estoy seguro que el lector puede
agregar unos cuántos ejemplos más a esta lista. Entre ellos FratelliTutti.
Tal vez las usurpaciones de
tierras que son noticia por estos días no se traten de hechos aislados sino que
forman parte de un intento por subvertir los valores y principios que durante
tantos años gobernaron a nuestra comunidad.
Tal vez a ello apunten las nuevas
“deconstrucciones” - increíble neologismo, ya que lo opuesto a construcción es
destrucción, al menos en castellano- , comenzando por el lenguaje inclusivo y
terminando por la democracia y la república.
Tal vez no todo sea tan
espontáneo sino la sistemática práctica del programa gramsciano de tomar la
educación y la cultura y el resto vendrá por añadidura.
Tal vez Kruschev estaba en lo
cierto en su discurso en la ONU el 29 de septiembre de 1959:
“...Los hijos de tus hijos vivirán bajo el comunismo. Ustedes los
occidentales son tan crédulos que no aceptarán el comunismo directamente pero
seguiremos alimentándoles con pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente
despertarán y descubrirán que ya tienen comunismo para siempre. No tendremos que pelear con ustedes. Debilitaremos tanto su economía hasta que
caigan como fruta madura en nuestras manos.
La democracia dejará de existir cuando les quiten a los que están
dispuestos a trabajar y se lo den a aquellos que no."
Tal vez ya no sepamos bien qué es
lo que está mal. Y los participantes de los concursos de TV podrán todos
reclamar su merecido premio.