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sábado, 24 de abril de 2021

Sin Plan B (con B de Bueno)

 

Una imagen nos hiela la sangre y nos hace correr un sudor frío por la espalda, la de la falta de camas para recibir pacientes enfermos de Covid-19 (sí, 19. Nos dio un año y medio para encontrar alternativas para enfrentarla). Y esa es la imagen que estamos a punto de ver en Buenos Aires y alrededores, el AMBA, como se lo llama ahora, cuando conviene meter todo en la misma bolsa. Imagen que puede comenzar aquí y expandirse al resto del país.

Recordemos que el plan adoptado para hacer frente a la pandemia, con la regencia de la OMS y los gobiernos, ha constado, básicamente de tres etapas:

1- Contención, que consiste en el cierre de fronteras, internacionales e internas, para intentar que el virus no penetrara, algo así como tapar el sol con la mano. Conocemos los resultados de esta etapa.

2- Mitigación, representada por el famoso "aplanar la curva", es decir, una vez que el virus está entre nosotros, no hagamos ruido para que no nos vea y se vaya. Y se decidió aplanar la curva a martillazos, con confinamientos masivos, prolongados sin solución de continuidad, con todo el sufrimiento que tal medida produce y con todas las limitaciones que tiene porque en algún momento la población cambia su valoración respecto de si lo que le sirve es morirse de hambre antes que contagiarse. No ahondaré en las siniestras herramientas comunicacionales que se han utilizado para justificar el encierro, porque ya están en otras entradas de este blog. Lo peor de todo es que, además de estos problemas, los confinamientos no detienen los contagios.

 

Todo este enorme sacrificio se pidió para ganar tiempo para "preparar al sistema de salud", lo que se ha hecho poco, tarde y mal, porque la principal estrategia para controlar la enfermedad ha sido esperar por las vacunas, y esa es la tercera etapa del plan.

3- Vacunación. Si se lograba aplanar la curva el tiempo suficiente llegaría el elixir de la vida contenido en una jeringa. Por ahora, este instrumento muestra ser el más exitoso, a pesar de que aún no se conoce por cuánto tiempo ofrece inmunidad, qué tan tóxico puede ser o qué tan rápido puede llegar a aplicarse en toda la población para que la enfermedad termine convertida en un triste recuerdo.

Este fue el plan A. A de Arrogancia. El maridaje ideal entre soberbia e ignorancia.

Arrogancia por creer que la pandemia podía ser utilizada para apuntalar liderazgos políticos.

Arrogancia por creer que organizar una defensa contra una pandemia era trabajo de un puñado de infectólogos.

Arrogancia por creer que alguien puede determinar quién es esencial en una sociedad.

Arrogancia por menospreciar a cualquier disidente que se atreviera a contradecir la voz oficial.

El plan A nos ha dejado exhaustos económica y emocionalmente, sin recursos ni para mitigar ni para vacunar a tiempo (ni vale la pena discutir el escándalo del Vacunatorio Vip ni las dosis "rebajadas" de vacuna que recibimos porque nunca llegarán a tiempo las segundas dosis recomendadas).

El plan A está muerto. Ahora vendrá la etapa de intentar por todos los medios ver el vaso medio lleno del plan, de echarle la culpa a las víctimas y de que algunos traten de treparse al último bote para evitar el naufragio hacia el que nos condujeron.

El fracaso no es solo de la conducción política, pero ella es la principal responsable por haber encorsetado a la sociedad.

 

La pregunta es ¿Había alternativas? Sí, siempre las hay. Y si no la vemos es porque no queremos, no podemos o no sabemos verla. Para encontrarlas hay que buscar la llave en otros lugares que no sean debajo de la luz del farol y con toda humildad dejar que los demás se expresen.

Así funciona la evolución, con millones de experiencias individuales y con mejoras incrementales. Las probabilidades de éxito se concentran en dos principios: 1- hacer muchas pruebas de diversas ideas. 2-intentar hacer el menor daño posible mientras se testea.

A nadie medianamente cuerdo se le podía ocurrir que contendría la pandemia aislando sus fronteras, aunque algunos países insulares lo han hecho. Para ser contemplativos, digamos que ha sido una primera medida para ir preparando otras.

Lo imperdonable es que se haya confiado en el confinamiento prolongado como estrategia para enfrentar la enfermedad. Era imposible no darse cuenta de que ni es posible disciplinar a la sociedad para cumplir con lo inaceptable ni que tampoco se puede pasar mucho tiempo sin producir lo que se necesita para sobrevivir.

Los humanos aprendimos, desde que tenemos lenguaje, a vivir enfrentando la incertidumbre. Por eso construimos sólidas viviendas en lugar de frágiles refugios, valoramos el ahorro, instituimos el noviazgo, creamos los seguros, mantenemos stocks de provisiones o insumos, etc.

Hasta los sistemas mejor diseñados pueden fallar en tiempos extraordinarios. Para eso utilizamos sistemas redundantes. Hacemos back ups del disco de nuestra computadora o guardamos la información en la nube, o tenemos generadores eléctricos para alimentar respiradores en las salas de cuidados intensivos. Aun así, ninguna industria tiene  capacidad ociosa para ser usada solo en situaciones extraordinarias.

¿Por qué a nadie se le ocurrió crear redundancia en el precario sistema de salud con el que contábamos?

Podíamos ponernos a fabricar más respiradores, podíamos improvisar unidades de cuidados intensivos en habitaciones comunes, podíamos utilizar la capacidad hotelera para aumentar la disponibilidad de camas que no requieran alta complejidad, podíamos mejorar los sistemas de triage para responder antes a los casos más severos, podíamos instruir a médicos de especialidades que no pudieron ejercer por las restricciones impuestas  para que atendieran en unidades de cuidados críticos, y hacer lo mismo con las enfermeras y los voluntarios que pudieran reclutarse en las facultades de medicina. Eso solamente en el sistema de salud.

Pero también podíamos trabajar en mejorar los desplazamientos para evitar las aglomeraciones. Acordando trabajar día por medio en forma presencial, por ejemplo, todos aquellos que necesitaran hacerlo porque no pueden trabajar a distancia.

Además de no habérsele ocurrido a nadie (aunque tal vez alguien lo haya propuesto y no me enteré) todo esto no podía hacerse sin la ingeniería adecuada.

Poco puede hacer la sociedad si además de confinarla se le atan las manos.

La primera condición para lograrlo era permitir a la gente desplegar todos sus recursos creativos y liberar las trabas económicas.

Con algunos cuidados y evitando aglomeraciones todos podían trabajar para generar el capital necesario para producir lo que hacía falta.

El ahorro estacionado en los bancos y esterilizado por el gobierno para evitar el tsunami que generó por la emisión podía prestarse a los que necesitaran capital para producir.

Prepagas y obras sociales, con la sociedad trabajando, podrían recaudar más dinero para destinarlo a mejorar las remuneraciones del personal de salud que los incentivara a realizar las nuevas tareas para los que se los requería. Algo menos emotivo pero más útil que los aplausos.

Un claro ejemplo de esa respuesta es la producción de barbijos. Nunca escasearon. Sobran los de todas las formas y colores, y a precios bajos. Sin controlar su producción ni su precio.

Se podían liberar precios y relajar las normas de contratos de trabajo para incentivar a la creación de empresas y empleos que apoyen tanto a las actividades directas relacionadas con la salud como a las indirectas. En cambio, se congeló todo y se intentó inmovilizar a la sociedad dando a cambio una limosna como escaso paliativo.

El mundo tampoco se comporta demasiado mejor. No se liberan las patentes de las vacunas para poder producirlas más rápidamente. Tampoco se incentiva la investigación en tratamientos para los que ya se enfermaron. Habrá que revisar el concepto de la protección a las patentes, del que gozan los laboratorios. Si eso se aplicara a la industria automotriz aun andaríamos en caros Ford T.

Para enfrentar esta situación extraordinaria hacían falta más herramientas que el martillo, que es la preferida del estado. Había que abrir la caja y buscar las más útiles.

Además de los infectólogos, que debían ocuparse de lo que saben, que es diagnosticar y curar las enfermedades infecciosas, debían haberse sumado ingenieros, psicólogos, estadísticos, comunicadores, economistas, expertos en finanzas, filósofos, entre otros, a los paneles de asesores.

Tenían que descentralizarse las decisiones para poder actuar rápidamente en cada lugar, de acuerdo a cada necesidad en particular.

Los estados nacionales y provinciales podían centralizar y distribuir los datos sobre contagios, capacidad de camas y otros recursos para servir de brújula a quienes tienen que emprender para crear los bienes y servicios necesarios. Los estados municipales podían ocuparse de ordenar la ciruculación, cuidando de la seguridad y asistiendo a los más necesitados.

Seguramente pueden haber muchas más ideas que estas pocas, pero deben tener el canal para expresarse y la libertad para actuar.

 

¿Estamos a tiempo de hacer un cambio tan radical o seguiremos usando nada más que el martillo?

domingo, 13 de diciembre de 2020

El Mito de la Pandemia

 

Tiempos difíciles hacen hombres fuertes,

hombres fuertes hacen tiempos fáciles,

tiempos fáciles hacen hombres débiles,

hombres débiles hacen tiempos difíciles.

Proverbio árabe

 

El célebre Yuval Noah Harari llama Revolución Cognitiva al episodio ocurrido hace unos 70.000 años que permitió a una de las especies humanas, el Sapiens, dominar al resto de las especies, tanto humanas como animales y crear la cultura. Esta revolución consiste en la construcción de mundos artificiales que permiten interpretar la realidad y construir redes de sentido y favorecen las relaciones entre grupos humanos que no mantienen entre sí contactos directos ni cotidianos.

El instrumento de la Revolución Cognitiva es el lenguaje. Por medio de él construimos la realidad o la interpretamos, lo que es lo mismo. Y vale tanto para la realidad exterior como para la interior.

Sigmund Freud explicó que nuestra conducta está guiada por el principio de placer que, curiosamente, se guía más por la norma de evitar el displacer antes que por alcanzar lo placentero, haciendo equilibrio entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte.

El ser humano "normal" que para Freud es el neurótico con capacidad de "amar y trabajar" es quien logra mediante su narrativa personal construir su propio mito y sostener una vida medianamente equilibrada.

Los Sapiens, para seguir a Harari, somos seres mitológicos, nuestra existencia no es posible sin una narrativa que la explique y le dé consistencia, no podemos vivir sin una explicación de lo que sucede. La salud mental depende de ello.

No sabemos si el coronavirus llamado Sars-Cov2 se propagó por el planeta desde fines de 2019 o antes, y si la enfermedad que provoca que hemos llamado Covid-19 comenzó o no en China en noviembre de 2019 o antes o en otro sitio o si es exclusivamente producida por este virus.



Lo que sí sabemos es que en 2020 hemos creado un mito, el Mito de la Pandemia, que ha conmovido en casi todos los puntos del planeta las creencias acerca de la seguridad, el progreso, el capitalismo, la globalización, la ecología, la justicia, el orden social, el rol del estado y tantos otros mitos que nos permiten vivir en sociedad.

Sabemos que la Covid-19 como enfermedad no es la gran cosa, pandemias parecidas de gripe han producido efectos más letales en el siglo XX. Sin embargo no se ha construido ninguna mitología alrededor de ellas. Es difícil encontrar en los textos de historia referencias a la Gripe Española como antecedente de conmoción en el orden social y ha sido una enfermedad mucho más letal que la Covid-19.

Sería ocioso discutir si la mitología creada alrededor de la Covid-19 ha sido intencional, pergeñada por los artífices del El Gran Reseteo anticipado por el Foro Económico Mundial en 2016 (ver https://www.youtube.com/watch?v=ZzdCTyMWQBs) o responde a un emergente espontáneo porque los humanos razonamos parecido, nunca lo sabremos.

La realidad es que se nos han impuesto, con un consenso muy amplio en la mayor parte de los países, medidas muy restrictivas a nuestra libertad, impensadas un año atrás.

Las poblaciones han elegido por voluntad o, peor, por una negligente y despreocupada omisión, la seguridad, o una simple apariencia de ella, frente a la libertad para evitar la incertidumbre que viene con ella.

Tal vez, otra vez, enfrentados a la decisión entre el honor y la guerra se ha decidido perder el honor y tendremos los dos, sólo que esta vez la disyuntiva es entre la libertad y la salud. Hemos decidido perder la primera, y diría, que perderemos las dos.

El Mito de la Pandemia es el que mejor se acomoda a nuestros tiempos fáciles.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Vacunarse

 

Tal vez pueda ser desmentido muy rápidamente pero no recuerdo algún episodio en la historia humana reciente en el que una vacuna esté lista en los tiempos que demanda la política en vez de serlo en los tiempos en los que la ciencia lo hace posible.

Contra lo que se ha expresado, los mandatos de confinamiento al que los gobiernos han acudido para enfrentar la pandemia de Covid-19 obedecieron más a razones económicas que sanitarias. Fue por la escasez de recursos sanitarios que se intentó contener los contagios o mitigarlos, porque siempre se supo que la salud de la población no solo consiste en evitar enfermarse de algo sino llevar una vida saludable. El que tenga dudas sobre este punto no tiene más que buscar la archiconocida definición de salud que pregona la OMS.

Luego de muchos meses de confinamiento está muy claro que los efectos de este remedio son peores para la población que la propia Covid-19. Tal vez el año próximo conozcamos estadísticas más precisas, o más confiables o con ninguna de esas dos características sobre la carga de mortalidad que han sufrido los países debido a la pandemia causada por el coronavirus, para evaluar si ha sido mayor, igual o menor que en otros años. De lo que podríamos estar seguros es que nadie quiere volver a repetir en su vida lo que vivió en 2020.

Casi en forma unánime, los gobiernos del mundo han puesto en la vacuna la esperanza de recuperar la vida que teníamos hasta antes de la pandemia, es decir, sumarán un nuevo error a todos los que vienen cometiendo.

Si algo se sabe acerca de la infección por SARS-Cov2 y de la Covid-19 es que aún se sabe muy poco. Y si algo se sabe de las vacunas es que necesitan varios, no menos de cinco, años para comprobar su eficacia o, en todo caso, su inocuidad.

Pero estos no son tiempos que la política esté dispuesta a tolerar. Todos los gobiernos quieren transformar a la vacuna en el salvoconducto necesario para volver a una vida normal. No importa si la vacuna sirve o no. Eso formará parte de una controversia que sólo estará en los journals especializados.

Ningún medicamento ni intervención médica está libre de riesgos, de allí el famoso “Ante cualquier duda consulte a su médico”, que debería completarse con el más prudente “Ante cualquier médico consulte a su duda”, porque cuando se trata de la propia salud o la de un ser querido conviene decidir de la forma más informada posible.

Muy probablemente los ciudadanos sólo nos enteremos por medio de la letra chica de los riesgos que conlleva para cada uno aplicarse la vacuna contra la Covid-19. Y se debe prestar atención en el “para cada uno” ya que  “para cada uno” también es diversa la suerte que se corre al infectarse con el coronavirus.

Lo mejor que podemos hacer en los tiempos inmediatos por venir es estar alerta e informados para no caer nuevamente bajo los designios de los arrogantes que jamás pagarán por sus errores.

lunes, 17 de agosto de 2020

Para evitar los contagios eligieron el miedo, y tendremos los dos.

 

Los psicólogos Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía en 2002) y Amos Tversky explican en su famoso libro Thinking Fast & Slow los mecanismos mentales que se manifiestan en la humana “aversión al riesgo”.

Allí sostienen que una pérdida tiene una valoración subjetiva de al menos el doble que una ganancia del mismo monto. El fenómeno es especialmente estudiado en la psicología de las finanzas. Entre sus variados ejemplos citan el siguiente: “El gran Paul Samuelson –un gigante entre los economistas del siglo XX- le pregunta a un amigo si aceptaría una apuesta con consistente en revolear una moneda, si su elección fuera acertada, ganaría $  200 y si no acertara debería pagar $ 100. Su amigo respondió “No acepto, porque sufriría más la pérdida de $ 100 de lo que disfrutaría la ganancia de $ 200.”

 

Tal respuesta es absurda si se la considera bajo un análisis de las probabilidades, lo que claramente favorecería aceptar el riesgo: $ 100 x 0.5= $ 50; $ 200 x 0.5= 100. Lo curioso del asunto, es que también rechazaría la apuesta si en lugar de un solo intento esta se repitiera 100 veces, lo que probabilísticamente daría una chance de 1 entre 2300 de perder algo de dinero y de 1 entre 62.000 de perder más de $ 1000.

 

¿Por qué entonces, no sólo el amigo de Samuelson  sino la mayoría de las personas son proclives a rechazar la apuesta?

 

La respuesta que dan los autores, y que es la principal hipótesis del libro, es que nuestra conducta está guiada por nuestro conocimiento innato. ¿Qué es el conocimiento? Es la capacidad de interpretar los fenómenos que percibimos. El conocimiento innato es aquél que nos viene dado por la biología, producto de millones de años de evolución, que descansa en la teoría de que los seres vivos –desde los virus a los humanos- somos entes que buscan perpetuar su especie. Esta lucha por la supervivencia requiere de un gran consumo de energía, que es mayor cuanto más complejo es un organismo. Nuestros cerebros consumen alrededor de un 20% de nuestra energía diaria y el pensamiento consciente y racional es muy costoso en términos energéticos, por lo que evolutivamente hemos ido desarrollando un sistema de interpretación y respuesta a los estímulos del ambiente que responde de forma automática e inmediata a un bajo costo energético. Todos los mecanismos que tienden a alejarnos de los peligros como el asco, el desprecio o el miedo son productos de esta evolución. Cualquier estímulo que nuestro cerebro perciba como peligroso activa estas respuestas de forma inmediata y sólo luego de un costoso esfuerzo podemos racionalizar el problema.

 

Kahneman y Tversky definen a estas dos modalidades de pensamiento como Sistema 1 y Sistema 2. El Sistema 1 toma decisiones de modo rápido, automático e inconsciente. El Sistema 2 es lento, reflexivo y consciente y, lo más importante, siempre sus respuestas suceden a las del Sistema 1 y no puede, por más esfuerzos que realice, desprenderse completamente de él.

 

Esta hipótesis explica por qué, a pesar de que la probabilidad de ganar la apuesta, el amigo de Samuelson elige declinarla. Su cerebro registra antes el peligro de la pérdida que la oportunidad de la ganancia. Milenios de supervivencia en la sabana africana cultivaron en los humanos la prudente aversión al riesgo.

 

Si esto sucede en entornos financieros, el sesgo se profundiza aún más cuando se trata de la salud. Kahneman muestra este ejemplo, tomado de la investigación de Richard Thaler:

“Usted está expuesto a una enfermedad que en caso de contraerse lo llevará a una rápida e indolora muerte en el término de una semana. La probabilidad de que enferme es de 1/1000. Hay una vacuna disponible que es efectiva sólo si es aplicada antes de que los síntomas aparezcan. ¿Cuánto es lo máximo que está dispuesto a pagar por la vacuna?

La mayoría de la gente dijo que pagaría una suma significativa pero limitada.

Enfrentar la posibilidad de morir es desagradable pero el riesgo es pequeño y no parece razonable arruinar las finanzas personales para protegerse.

Consideremos ahora una sutil variación.

Se necesitan voluntarios para una investigación sobre la mencionada enfermedad. Todo lo que se requiere es que usted se exponga a una chance de 1/1000 de enfermar. ¿Cuál es el pago mínimo que usted pediría para participar del programa? (se aclara que no puede recibir la vacuna).

Como puede suponerse, este pago supera largamente la cifra que los encuestados están dispuestos a pagar por la vacuna. Thaler informalmente reporta que la relación típica es de 50 a 1. Esta enorme diferencia refleja dos características de este problema. En primer lugar, se presume que uno no vende su salud, la transacción no es considerada legítima y la reticencia al hacerlo se expresa en un precio muy alto. Y, tal vez, lo más importante, es que uno es responsable si el resultado es malo. Uno sabe que si se despierta en la mañana con síntomas que indiquen que morirá pronto se sentirá mucho más arrepentido en el segundo caso que en  el primero, porque podría haber evitado tal situación con sólo rechazar la idea de siquiera considerar el precio. Podría haber permanecido sin hacer nada, pero habiendo tomado la decisión el hecho contrafáctico de poder habido no tomarla lo perseguirá por el resto de sus días."

 

Al hecho de que el Sistema 1 promueve una respuesta que no considera el cálculo de probabilidades, se suma el penoso sentimiento del arrepentimiento, y su congénere la culpa, que es más potente cuando el error surge de haber hecho algo que cuando se produce por haber omitido hacerlo.

 

Con esta explicación, quedan muy claras las opciones que enfrentan la personas a las que se les ordena el confinamiento para evitar el contagio con coronavirus.

 

En primer lugar, se anuncia que el virus es potencialmente mortal. Para el Sistema 1 da lo mismo si la chance de morir es de 1/100, de 1/1000 o de 1/100000. Para el Sistema 1 es lo mismo Contagio que Enfermedad y Enfermedad es lo mismo que Muerte. Que podamos pensar en esa posibilidad es suficiente para disparar nuestros mecanismos defensivos, en este caso, el miedo. Como todos podrán haber comprobado durante estos meses, este sentimiento no sólo permanece en la esfera del pensamiento sino que es sentido con todo el cuerpo. Cuando vemos imágenes o escuchamos testimonios de un enfermo nuestro pulso se acelera y nuestro cuerpo se estremece del mismo modo que sucedería si nos enfrentáramos a un león en la sabana africana.

 

Quien comprenda este mecanismo sabrá que es una tarea inútil convencer con cuadros, estadísticas y probabilidades a quien tiene bloqueado por el miedo a su Sistema 2. Lo mismo sucede con las fobias, que producen pánico en las personas que las sufren, pueden entender que sus temores son absurdos y ni siquiera consideran las burlas de quienes no las sienten como un argumento para abandonarlas.

 

Los comunicadores sociales profesionales, entre ellos los políticos, conocen muy bien estos mecanismos, por esa razón siempre apelan a despertar las emociones en el público y buscan masificarlo. También por eso se niegan a participar de conferencias de prensa abiertas, porque el diálogo y la interlocución los obligaría a exponer sólidos argumentos, de los que generalmente carecen, para defender sus decisiones.

En épocas donde la cohesión social disminuye y la confianza en la política se acrecienta, se ingresa en un círculo vicioso en el que la manipulación sustituye a la comunicación honesta.

 

Deténgase aquí, y mire este entretenido vídeo que ilustra los mecanismos de manipulación:

https://www.youtube.com/watch?v=GdqCIyicuI0

 

 

Cuando sentimos miedo enfocamos nuestra atención exclusivamente en el objeto que nos despierta el temor, concentramos nuestra energía en defendernos de él. Por eso, lo normal es que desestimemos otros asuntos. Si estamos temerosos por cuidarnos de un contagio de un virus olvidamos las otras enfermedades que tenemos o podemos contraer, además de otros asuntos de nuestra vida.

 

En el Sistema 2 el efecto es la racionalización, sólo se buscan razones que justifiquen la emoción. Los razonamientos caen presa del sesgo de confirmación y sólo se atienden argumentos que confirmen la posición que se sostiene. Los profesionales mejor formados comprenden y tienen capacidad de enfrentar estos sesgos cognitivos, pero aun así son humanos y no pueden evitarlos del todo. Sostener con firmeza posiciones equivocadas no solamente se trata de deshonestidad intelectual, que también existe, sino que además el costo de cambiar de opinión es muy alto, sobre todo si uno va a oponerse a la opinión generalizada. Es más fácil equivocarse en manada que tener razón en soledad. Saben mucho de eso los operadores de bolsa.

 

El problema para quienes manipulan las emociones es sostener los efectos de sus acciones en el tiempo. Por eso se necesitan reforzar cotidianamente los estímulos por todos los medios posibles. Además de otros artilugios, como polarizar con quienes ofrecen visiones alternativas.

Aun así, surgen otras necesidades que amenazan la supervivencia, como la de alimentarse o reforzar los lazos afectivos con familiares y amigos que confrontan con las intenciones de los que intentan imponer su visión.

 

La prolongación de las medidas restrictivas por mucho tiempo tiene como intención la construcción de nuevos hábitos de conducta, crear "la nueva normalidad". Para conseguir este fin también se promueve el uso de un nuevo lenguaje. Los humanos construimos nuestra identidad por medio de la narrativa.

 

Pronto deberemos enfrentar el dilema entre contagiarnos para desarrollar defensas naturales contra la epidemia o inocularnos con una vacuna prematura, de dudosa eficacia y sin conocer sus efectos secundarios.

 

Volveremos a ser objetos de la manipulación. Conocer los mecanismos con la que se realiza nos permitirá decidir mejor. Está en nuestra conciencia poder hacerlo. El miedo -Sistema 1- respuesta primaria de la supervivencia, puede dejar paso a la prudencia -Sistema 2- para que ordene las acciones a favor de nuestros intereses.

 

Es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que ha sido engañado.