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lunes, 21 de mayo de 2018

Los argentinos no somos necesarios.


“Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia. Toma la verdad como insulto...”  
Juan Bautista Alberdi.

En la historia de la humanidad muchos pueblos han desaparecido. Unos muy conocidos por nosotros -la civilización helénica- y otros ignotos. ¿Cuáles son las fuerzas que llevan a unir o a separar a las comunidades?
En su columna habitual de los sábados, el punzante analista Dardo Gasparré -yo creo que el Universo, a veces, le dicta a nuestros padres el nombre que debemos llevar- hizo un brillante análisis regresivo de nuestros problemas económicos, que podría resumirse así:
La crisis cambiaria es hija de la inflación que, a su vez, es hija del gasto público excesivo, que es hijo del desorden económico, que es hijo del populismo, al que caracteriza muy bien. https://www.infobae.com/opinion/2018/05/19/el-pais-otra-vez-ante-su-eterno-dilema-seriedad-o-gasto/
El populismo es un hijo bastardo, ningún padre parece querer hacerse cargo de él. Unos dicen que el padre fue Perón, otros que fue Yrigoyen y otros lo buscan entre los primeros conquistadores españoles. Como sea, los argentinos llevamos el populismo en nuestros genes, así que cuando nos gobiernan dictaduras son dictaduras populistas y cuando nos gobiernan democracias son democracias populistas.
Pues bien, aunque no sepamos con certeza quién ha sido el padre de la criatura podemos imaginar su carácter.
En todas las comunidades humanas, entiéndase por tales aquellas que comparten un mismo territorio y un tiempo en la historia, dos fuerzas comandan el comportamiento de los hombres respecto de sus intercambios: la cooperación y la competencia.
La familia es la forma más simple de la cooperación, dos humanos cooperan entre sí para conseguir un objetivo común -alimentarse, protegerse, reproducirse-.
La competencia es la acción inversa a la cooperación, esos mismos dos humanos compiten por el mismo recurso.
La cooperación es una acción maravillosa, permite a los grupos humanos convivir en armonía y desarrollar plenamente las capacidades de cada uno. La base de la cooperación es la confianza mutua, que crece y madura en cada intercambio. La competencia, por el contrario, despierta la desconfianza pero, aunque parezca paradójico, también impulsa el desarrollo de habilidades.
Desde que fuimos expulsados del Jardín del Edén, donde todo era abundante para todos, nuestra existencia está determinada por luchar contra la escasez. El modo bíblico de decir esto es el "ganarás el pan con el sudor de tu frente", es decir, trabajando. La adecuada combinación entre cooperación y competencia permite alcanzar a los hombres la satisfacción de cada vez más sofisticados deseos.
Esta "adecuada combinación" es lo que hoy llamamos orden social, y está basado en el respeto a determinadas reglas que deben ser estrictamente respetadas por todos los involucrados. Sin un sistema rígido de reglas básicas la cooperación es muy escasa, y se limita a grupos cada vez más reducidos, y la competencia se torna en una lucha destructiva hasta la abolición del oponente.
Los pueblos que han triunfado en la ardua empresa de encontrar esas reglas de convivencia son los que han sobrevivido; los que no, han sucumbido y hoy pertenecen al olvido.
Una nación es una comunidad de individuos que respetan las reglas básicas de convivencia que regulan sus intercambios. Eso es lo único que se necesita para alcanzar el bien común. No es necesario nada que se le parezca a determinar un destino ni alcanzar ningún objetivo común a todos. Cuando eso se ha intentado, la cooperación se ha travestido de dominación.
Los países son hijos de las relaciones de dominación. Por eso patria y patriarcado tienen la misma raíz. Unos aceptan designios de otros a cambio de protección.
La civilización es la consecuencia del respeto a las reglas de convivencia. Sobran ejemplos de ello: el lenguaje, internet, el comercio internacional muestran como el orden alcanzado no requiere de gobierno alguno que determine un resultado ni una hoja de ruta. Este orden es tan poderoso que es capaz hasta de tolerar que algunos lo transgredan.
La civilización occidental ha crecido y prosperado de forma inédita a partir del siglo XVIII, dando lugar a un impresionante crecimiento de población humana al mismo tiempo que a la mejora de su calidad de vida. Hoy una persona considerada pobre vive más tiempo y mejor que un rey del siglo XV.
Por supuesto que aún existen depredadores de sus comunidades, pero no son la regla general ni han logrado detener la fuerza de la civilización.
La Argentina es un país favorecido por la ola civilizatoria sin que su sociedad haya contribuido en casi nada. Somos herederos inmerecidos del bienestar creado por otros.
Desde los albores del Virreinato del Río de la Plata la nuestra fue una sociedad de depredadores. La competencia por los privilegios otorgados por los gobiernos ha sido la regla de nuestra convivencia.
Sólo el glorioso paréntesis de paz conseguido por la Generación del 80, que puso fin a los interminables conflictos de estas pampas, nos dio la posibilidad de parecernos a las naciones más avanzadas.
El ocaso de las ideas de libertad y respeto a las reglas se produjo más por la fuerza de la tradición que por la impericia de quienes intentaron domar las pasiones destructivas de sus coterráneos.
Esta historia es un ejemplo más de lo dificultoso que resulta trasplantar ideas de una sociedad a otra. Deslumbrados por la civilización que habían conseguido construir los Estados Unidos de América (por aquella época sólo una parte en la costa este de lo que es hoy ese país) intentaron ordenar el caos del país “importando” su constitución. Un orden impuesto de arriba hacia abajo, sólo posible en una sociedad mayoritariamente formada por inmigrantes recién llegados.
Pero poco tardamos en adaptar esa constitución a nuestras costumbres. Evadimos los deberes que prescribe y transformamos los derechos en privilegios. Casi ningún artículo de la Constitución Nacional se ha salvado de ser transgredido por las innumerables leyes que la reglamentan.
Las cosas no han sido diferentes en gobiernos de facto o en gobiernos elegidos democráticamente. Siempre los sistemas electorales han sido amañados para favorecer a una oligarquía depredadora. Por eso jamás hemos siquiera comenzado a discutir el fraude que es nuestro sistema electoral.
La inmoral deuda pública que empeña no sólo a los argentinos vivos sino a los que aún no han nacido es sólo la consecuencia más mediata de la nación que no hemos podido construir, una comunidad basada en el respeto mutuo y en la aceptación de unas pocas reglas básicas de justicia.
No hay bandera, ni himno,  ni autoridad política que pueda aglutinar a una banda de depredadores.
Pero esto no tiene nada de novedoso, podemos terminar formando parte de la extensa lista de pueblos condenados al olvido.

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