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domingo, 15 de febrero de 2026

Animarse a volar

El 9 de octubre de 1903, The New York Times bajo el título Flying Machines Which Do Not Fly” publicó una nota que afirmaba que harían falta entre uno y diez millones de años para que el hombre pudiera volar.

El artículo fue escrito a tras el fracaso del avión de Samuel Langley, un intento oficial de lograr vuelo humano, que no despegó y cayó al agua.

Exactamente 69 días después de esta nota, los hermanos Wilbur y Orville Wright lograban volar durante 12 segundos recorriendo una distancia de 36 metros. En su cuarto intento lograron extender el vuelo durante 59 segundos y 260 metros.

El comienzo

Viajemos al siglo XIX, más concretamente al año 1885 Nuestro protagonista se llama Wilbur y es el tercer hijo de una familia de siete hermanos. Wilbur tiene 18 años y la vida por delante. Es inteligente, atlético y todo indica que le espera un futuro brillante como estudiante en la Universidad de Yale. De esos jóvenes a los que el mundo parece decirles: todo va a ir bien… hasta que deja de decírselo.

Una fría tarde de invierno, Wilbur estaba jugando con unos amigos un partido de hockey sobre hielo. Un plan estupendo, salvo por un pequeño detalle. Uno de sus rivales estaba bajo los efectos de una medicina que le habían prescrito y que estaba muy de moda en la época: cocaína. Y aquello terminó con un stick de hockey estampado en la cara de Wilbur, que perdió varios dientes y algo más.

Hasta entonces había sido un muchacho fuerte y saludable, pero tras aquel accidente, aunque las lesiones no parecían demasiado graves, algo se rompió por dentro. Durante años apenas salió de la cama. Sufría problemas nerviosos, depresión, palpitaciones constantes. Sus planes de ir a Yale se evaporaron. Por si fuera poco, su madre estaba gravemente enferma, así que cuando Wilbur lograba levantarse, lo que encontraba era a su madre muriéndose lentamente frente a él.

Era, sin duda, la receta perfecta para una vida miserable. Wilbur no hacía ninguna de las cosas habituales a su edad. No salía con amigos, no asistía a la universidad, no participaba en la vida social. Su mundo se había reducido a una habitación, una cama y una mente que no dejaba de girar.

Algunos empezaban a pensar que había perdido la cabeza. Wilbur tenía una obsesión: los pájaros. Bueno, no exactamente los pájaros, sino una pregunta aparentemente absurda, casi infantil.

Si los pájaros pueden volar, ¿por qué no pueden los humanos?

Y así comienza una de las historias más fascinantes sobre lo que significa desafiar los límites de lo posible.

Durante años, esa pregunta no le dio respuestas, pero sí le dio dirección. Wilbur comenzó a leer compulsivamente. Estudiaba todo lo que encontraba sobre vuelo, mecánica, física y anatomía de las aves. No era científico. No tenía laboratorio. Ni siquiera tenía un plan claro. Tenía algo más poderoso: una curiosidad que no pedía permiso.

Mientras intentaba reconstruirse, apareció su hermano menor, Orville. Donde Wilbur era introspectivo y metódico, Orville era práctico, creativo y optimista. Juntos formaban una combinación improbable, pero extraordinariamente efectiva.

Los hermanos montaron primero un pequeño negocio de impresión y luego una tienda de bicicletas. Aquello parecía alejarse de cualquier sueño aeronáutico, pero en realidad los acercaba. Entre engranajes, cadenas y sistemas de equilibrio, estaban aprendiendo principios fundamentales del movimiento sin saberlo.

El problema de encontrar dónde volar

Cuando decidieron comenzar los experimentos reales, se enfrentaron a una dificultad inesperada. Los Wrigth vivían en Dayton, Ohio. Su ciudad natal no servía para lo que querían hacer. Necesitaban vientos constantes, terrenos amplios y superficies blandas donde los inevitables accidentes no fueran mortales.

Tras estudiar mapas meteorológicos, encontraron un pequeño pueblo costero casi olvidado: Kitty Hawk, en Carolina del Norte, situado a más de 1000 km de su ciudad.

Llegar hasta allí era una odisea. Viajes largos, transporte precario, traslado de materiales pesados y gastos que apenas podían afrontar con el dinero que generaba su tienda. Cada viaje implicaba arriesgar su estabilidad económica para perseguir un sueño que casi nadie tomaba en serio.

Pero fueron igual.

Vivir en los márgenes del mundo… y del sentido común

La realidad que encontraron en Kitty Hawk fue más dura de lo esperado. No había talleres adecuados ni infraestructura. Construyeron refugios improvisados y muchas veces vivieron en carpas, expuestos al viento constante, la humedad, el frío nocturno y el aislamiento total.

Las jornadas eran agotadoras. Arrastraban piezas pesadas por dunas de arena, armaban planeadores, los probaban, los rompían, los reparaban y volvían a intentarlo.

Comían poco, dormían mal y trabajaban sin descanso.

Pero había algo todavía más difícil: la mirada de los demás.

Los locos de las dunas

Los pocos habitantes del lugar los observaban con una mezcla de curiosidad y burla. Dos hombres que venían de lejos para lanzarse desde las dunas con máquinas que siempre terminaban destruidas.

Para muchos, eran excéntricos. Para otros, simplemente locos.

Los hermanos nunca reaccionaron con enojo ni con vergüenza. Sabían que desde afuera su proyecto parecía absurdo. Pero también intuían que todas las grandes ideas parecen absurdas antes de funcionar.

Aprender a caer para aprender a volar

Cada intento terminaba con golpes, arena en los ojos, alas rotas y páginas llenas de anotaciones. Pero cada caída respondía preguntas nuevas.

Descubrieron algo fundamental: el problema principal del vuelo no era elevarse, sino mantener el control. Inspirados en cómo las aves inclinaban sus alas, desarrollaron un sistema para controlar el equilibrio lateral del aparato.

Era una revolución conceptual. Mientras otros inventores se obsesionaban con construir motores más potentes, ellos estaban resolviendo el problema del control.

Cuando el conocimiento aceptado no alcanza

Con el tiempo, comenzaron a notar que los cálculos aerodinámicos aceptados por la comunidad científica no coincidían con sus resultados reales. Para dos mecánicos sin títulos universitarios, cuestionar esos datos parecía una locura.

Así que hicieron algo extraordinario: construyeron su propio túnel de viento en su taller. Probaron cientos de formas de alas, midieron fuerzas, registraron resultados y corrigieron fórmulas que llevaban décadas sin ser cuestionadas.

El vuelo empezó a dejar de ser un sueño romántico para convertirse en un problema de ingeniería.

El obstáculo final

Cuando dominaron el control del planeador, apareció un nuevo problema. No existía un motor suficientemente liviano para su aeronave.

Una vez más, el mundo parecía decirles que debían esperar.

Una vez más, decidieron no hacerlo.

Diseñaron y construyeron su propio motor. No era perfecto ni sofisticado. Pero funcionaba. Y funcionar era suficiente.

El amanecer que cambió la historia

Después de años viviendo entre tormentas de arena, carpas improvisadas, burlas y accidentes, llegó una mañana fría de diciembre. Prepararon su máquina en las dunas.

No había multitudes ni periodistas. Solo dos hermanos, viento constante y años de trabajo silencioso.

La máquina avanzó, vibró… y se elevó.

Durante unos segundos, la humanidad voló bajo control humano por primera vez.

Ese momento no solo transformó el transporte. Transformó la idea de lo posible.

 

Tenemos la capacidad de crear mundos, tantos como nuestra mente nos permita. Muchos mundos son solo fantasias, otros logran convertirse en realidad.

Seguramente es abrumadora la cantidad de fracasos, fortunas y vidas perdidas frente a los relativamente pocos éxitos conseguidos.

A diario tomamos una gran cantidad de decisiones. Las alternativas solo son dos: continuar o detenerse.

Nadie es lo suficienentemente sabio como para conocer la respuesta por anticipado.

La vida es un viaje corto. Vale la pena el intento de aprender a volar.

 

Notas:

Esta nota está inspirada en este podcast: https://open.spotify.com/episode/0zgnrD1CCTQhOrQWMNHf33?si=94dc90499859499a

La publicación del New York Times la podés encontrar en este ennlace: https://en.wikisource.org/wiki/The_New_York_Times/1903/10/9/Flying_Machines_Which_Do_Not_Fly?

Además, te recomiendo esta película sobre la búsqueda de la AGI (Inteligencia Artificial General): The Thinking Game, sobre la creación de Deep Mind y su fundador, Demis Hassabis. https://youtu.be/qcKikHepeKI?si=V9U5qQ5sVWffF6XP